14 jun 2011

Leyenda de J. L. Borges en el Elogio de la sombra

Abel y Caín se encontraron después de la muerte de Abel. Caminaban por el desierto y se reconocieron desde lejos, porque los dos eran muy altos. Los hermanos se sentaron en la tierra, hicieron un fuego y comieron. Guardaban silencio, a la manera de la gente cansada cuando declina el día. En el cielo asomaba alguna estrella, que aún no había recibido su nombre. A la luz de las llamas, Caín advirtió en la frente de Abel la marca de la piedra y dejó caer el pan que estaba por llevarse a la boca y pidió que le fuera perdonado su crimen.
Abel contestó:
-¿Tú me has matado o yo te he matado? Ya no recuerdo; aquí estamos juntos como antes.
-Ahora sé que en verdad me has perdonado -dijo Caín-, porque olvidar es perdonar. Yo trataré también de olvidar.
Abel dijo despacio:
-Así es. Mientras dura el remordimiento dura la culpa.

10 jun 2011

Adiós a un testigo de la barbarie - Muere Semprún, memoria del siglo XX. El escritor fallece el 09/06/2011 en París a los 87 años - De exiliado a ministro de Cultura, fue deportado al campo de Buchenwald y expulsado del Partido Comunista por disidente 
Jorge Semprún murió en París. Tenía 87 años. Con él se pierde para siempre parte de los recuerdos del preso número 44.904, su matrícula en Buchenwald, el campo de concentración alemán en el que vivió deportado entre los 20 y los 22 años. Semprún construyó su obra literaria con los fragmentos de su propia memoria y en esa obra queda, pues, el recuerdo de una vida marcada a fuego por todas las barbaries modernas. No pudo ingresar en la Academia francesa porque fue comunista y español.
Se encontró solo frente a las escaleras caracol, rodeado de espejos, de luces y de sombras.
Y bajó, con los pies en el agua, las manos en el fuego, el pensamiento en blanco, y en negro.
Se miró la ropa, vio los jirones, los brillos, las ausencias.
Sintió en su pelo el frío del invierno y en su cuerpo el calor de la condenación.
Supo, sin saberlo, que estaba muerto y más vivo que nunca.
Supo, sabiéndolo, que jamás resucitaría aunque fuese un resucitado.
Miró las cascadas fluir desde las paredes.  Se creyó Poseidón, aunque fuera un pobre pez.
Nadó, se ahogó, buscó el aire en la tierra y el sol en los abismos.
Se transformó en mujer, en niño, en ángel.
Se hizo serpiente y manzana, inventó el pecado y lo comió, lo cometió, lo vomitó.
Fue santo en la hoguera, demonio en el trono del Poder.
Lamió la miel más pura y el acíbar más intolerable.
Fue cruz, clavo, judío, cristiano, todo y nada.
Es Uno y Trinidad, liturgia y sangre, pan y hambre.
Buscó a su madre, y descubrió que nunca fue parido.
Buscó a su padre, y se encontró a sí mismo.
Quiso ser huella, cicatriz, síntoma y seña, pero fue olvido.
Quiso ser lírico pero fue prosaico.
Es pura metáfora, invención y realidad.
Fe y agnosticismo.
Sueño.

CS

8 jun 2011

El descenso


Una puerta como para pigmeos separaba lo anhelado de lo visto siempre. An era un grano de arena más frente al impertérrito Goliat que inmortalizado en Giza soportó tantas lunas y soles como el mismísimo dios.
Tuvo que hacerse bolita para atravesarla. Bajó el primer escalón rechinante y se tomó del improvisado barandal. Miró hacia atrás e hizo un gesto como de aceptación. Un escalón más. Delante de sí marchaba una tropilla fatigosa. Algunos exclamaban de asombro y otros gritaban por retornar a la luz. Pero para subir había que terminar el camino en bajada. La estrechez del canal hacía imposible la circulación en dos sentidos. An decía que en las profundidades algo esperaba por ella.
Al cuarto de camino un precario sistema eléctrico tomó la posta de la claridad del sol. El aire era cada vez más denso. Otro escalón más; otro. Comenzó a cantar una suerte de oración que se mezclaba con voces en ruso, alemán, inglés, árabe y español. No era posible entender qué decía pero se escuchaba la entonación melódica.
Medio camino abajo. An volvió a mirar para atrás. La diminuta entrada no se vio más. Solo una cadena humana informe la seguía. Como pudo tomó una botella de la pequeña mochila que pendía bajo de su tórax. Hizo un cuenco en la mano, volcó un poco de agua que sorbió y se refrescó la cara. Comenzó a sentir el sopor. Había poco oxígeno para tanto ganado en la manga. Quiso hacer un alto pero le fue imposible.  
Llevaba ya algo más de media hora ahí adentro. Era empujada por manos, piernas, torsos. Olía las respiraciones de esas bocas cada vez más abiertas que exhalaban un vaho pestilente. Agachada, con el techo del conducto pegado a su espalda, An siguió camino.
De pronto escuchó subir sin freno el grito de un español que había llegado. No volvió a mirar hacia atrás. No le importó qué tan lejos había quedado el mundo y lo asfixiante del ambiente. Trató de apresurar la marcha dirigiéndose a quienes estaban adelante. Preguntó, también a los gritos y excitada, qué era lo que se veía. Pero la horda babélica no respondió.
Otro escalón. Uno menos. Descendió acariciando el muro de bloques. Por un instante se recostó sobre ellos como buscando fundirse con la eternidad.
Último escalón. Por primera vez titubeó en bajarlo. Pero la masa que escoltó su descenso pareció empujarla a asumir un destino que aún no estaba escrito en ningún libro. Dado el paso, toda la antesala se metamorfoseó. La muchedumbre y la gradería se esfumaron y de las paredes brotaron algunas escrituras. Su rostro no reflejó expresión alguna. Con dificultad empezó a leer en voz alta uno de los textos del ala sur. Al continuar por los que estaban en el oeste, el despojado espacio se vio súbitamente ocupado por preciosos objetos. Los observó como reconociéndolos. Dejó caer su cuerpo en un sillón y se durmió.
Cuando despertó se dirigió a la cámara funeraria. Los millares de almas que pasaron por allí habían dejado un hálito de vida. Rodeó el sarcófago de granito negro recitando la oración del descenso. La luz artificial también desapareció.
Quizá las generaciones venideras puedan decir qué le sucedió a An luego de escuchar la voz que como un rugido nació del interior oscuro de una pirámide.

Carolina Menón

25 may 2011

Sonidos

Al irme me gritaste: "¡Date prisa!” Salí corriendo, no porque hubiera ninguna prisa, sino porque todo lo que me rodeaba corría: la iridiscencia de los arbustos, las sombras de las nubes sobre la húmeda hierba, las violáceas flores que se escabullían en una hondonada para salvar la vida antes del azote del segador.”
Vladimir Nabolov: Sonidos (cuento inédito)

24 may 2011

Madame Bovary

...Caían las sombras de la tarde, el sol horizontal que pasaba entre las ramas le deslumbraba los ojos. Por un lado y por otro, en torno a ella, en las hojas o en el suelo, temblaban unas manchas luminosas, como si unos colibríes al volar hubiesen esparcido sus plumas. El silencio era total; algo suave parecía salir de los árboles; Emma se sentía el corazón, cuyos latidos recomenzaban, y la sangre que corría por su carne como un río de leche. Entonces oyó a lo lejos, más allá del bosque, sobre las otras colinas, un grito vago y prolongado, una voz que se perdía y ella la escuchaba en silencio, mezclándose como una música a las últimas vibraciones de sus nervios alterados.

Gustave Flaubert
 
¿Por qué dar tanta importancia a un instante, si ya no habrá memoria, ya no habrá tampoco reparación?

Simone de Beauvoir
 

20 may 2011

Como en casa

Era negra y esbelta, con un matorral de pelo atado en la coronilla que la hacía más alta. Llamaba la  atención y necesariamente tenía que ser protagonista; frente a las cámaras, frente a toda mirada, en particular frente a los comensales de esa mesa, rubios con ojos de mar la mayoría, y los que no, con la piel apenas cobriza. Eran sus amigos locales que se admiraban de conocerla y contemplaban absortos el bailoteo de sus dedos largos sobre la mesa de mármol blanco.
         Su voz, dulce y melodiosa, acallaba el eco profundo de tambores ancestrales que rodaban por la sierra hasta la estepa verde, en tiempos de lluvia, con un riacho que convocaba felinos amarillos, cuadrúpedos leves y animales tubulares con y sin patas. Allí cada especie jugaba su supervivencia. Como ella ahora, frente a los empresarios que le presentaban sus familias afables, felices, para que se sintiera como en su casa y confiara.
         Entonces ella entornó sus párpados, para que miraran sus ancestros. Vieron gacelas alertas a sus movimientos. Vieron planear un buitre. Vieron carnívoros al acecho.
Ellos no comprendieron su repentina fuga. -Cosa de negros-, dijo alguno.


Alberto Zimmermann
Abril 2011

5 may 2011

El Conejo

Yo era muy joven en la década del ´60, y se me había ocurrido vivir en un barrio muy raro, de casas quintas, con buenos vecinos, sin divisiones entre propiedades y cada uno con su excentricidad a cuestas. Éramos todos los vecinos amantes de los animales, yo con mis gatos siameses, mi amigo y vecino Pablo con su perra dogo argentina, llamada Pola, pero el más excéntrico era Willy, personaje raro, y que tenía una exagerada dedicación a su conejo. Con Pablo solíamos comentar las rarezas de Willy, quien por otro lado era una persona muy pulcra y correcta, y que no se metía con nadie: volvía a las tardes a su casita, abría todas las puertas y ventanas y allí lo veíamos atender a sus cosas, charlando todo el tiempo con su conejo.

Un día, a media mañana, vino Pablo a casa desolado. Hacía unos minutos había aparecido Pola, portando en su hocico el cadáver sucio y maltrecho del conejo de Willy.
-¿Qué hago? Me preguntó Pablo, absolutamente descolocado.
Deliberamos un rato y decidimos limpiar como pudiéramos al conejo, devolverlo a su jaulón y dejar que Willy lo encontrara muerto a su regreso.
Nos llevó un buen rato lavarlo con shampoo, secarlo con un secador de pelo y devolverle un aspecto mas o menos creíble de conejo muerto de muerte natural. Lo pusimos en su jaulón y esperamos con ansiedad el regreso de Willy.

Pasadas las seis de la tarde, como de costumbre, Willy volvió, abrió toda la casa, pero no prendió luz alguna. Pasado un rato, nos acercamos, intrigados por el desenlace y vimos un espectáculo sorprendente: el jaulón intacto, con el conejo adentro tal como lo habíamos dejado, y a Willy sentado enfrente, meciéndose levemente hacia delante y hacia atrás, repitiendo como una letanía: “esto es un mensaje….es un mensaje…”

Con Pablo le preguntamos -¿Qué pasó, Willy?-. Saliendo de su ensimismamiento, volvió brevemente hacia nosotros su mirada, y nos dijo:
-No sé que paso…, anoche se murió mi conejo y esta mañana muy temprano lo enterré en el fondo. Cuando vuelvo me lo encuentro en su jaula, como dormido, y no sé cómo sucedió, ni que significa todo esto…-

Después de unas rápidas palabras de circunstancias, nos alejamos lo más pronto posible. Nunca le confesamos que era nuestra culpa, que habíamos creído que Pola era una asesina de conejos y no que simplemente había seguido su instinto ante una presa enterrada.  

 Emilio Enrique Menvielle

4 may 2011

PUNTO VACÍO

Leila se sienta a la mesa, fija la vista en el plato de sopa que despide un humito gris, posa las manos sobre el mantel.
La silla vacía, a su izquierda --justo frente a Reinaldo--, marca una ausencia. Su cuerpo se niega a moverse, a tomar la cuchara, llevarla a la boca, y así paliar esa sed de soledad y de pena.
Nadie menciona el hecho, hablan de cualquier cosa negando el hueco disonante. Todos comen, menos Leila, que permanece muda y tiesa y recuerda que se despertó soñándola. Saltó en la cama tras la pesadilla y no logró volver a dormir, sólo pudo recrearse en lo soñado.
Los sonidos se potencian en sus oídos. A su derecha, el agua cae en la copa de Inés, y parece el rumor de aquel río que ninguno quiere recordar, como lo recuerda ella mientras el zumbido del entorno la fastidia y la sopa ya no suelta humo.
El perro se acuesta a sus pies; lo hace cada vez que Leila cae en el barranco del desánimo. Aunque el mantel de la gran mesa le cubre el cuerpo peludo y dorado, ella sabe que la está mirando como no mira ningún humano. En la sinceridad de los ojos del animal hay un diálogo oculto, y es ahí, en ese diálogo privado, donde se desentraña lo que sólo ellos dos saben.

Cursos

A partir de Mayo 2011, comienzan los cursos de escritura libre en: Buscando las Señales, taller Literario.
Días y horarios a convenir.
Informes e inscripción: stoppelloc@yahoo.com.ar - 15 6542 1972

18 dic 2010

Oktopode

Su pelo rizado se electriza aún más al acercárseme; es rojo como sangre coagulada y bordea la blancura de su rostro como las serpientes la cara de Medusa. Tiende su mano para que le dé la mía, no puedo rechazarla aunque sepa que en ese gesto va la muerte misma. En mi palma deposita algo aterrador mientras sus ojos no se apartan de los míos. Siento el avanzar de patas espesas, los quelíceros clavándose en mi carne. Me desfiguro. Trepo. De mis dedos van surgiendo hilos de seda que brillan en la fantástica hechura de mallas circulares. Luego de mi cometido, capturada la presa, me descuelgo en agraciado equilibrio. Desde su cama, Franz me observa con atención.
Xna

17 dic 2010

ATREVERSE

Patricia Kieffer



Amanecía. El discípulo y el maestro estaban al pie de una montaña.
El maestro era de pocas palabras y no solía dar explicaciones. Tomó un pañuelo y vendó los ojos del muchacho. Luego lo guió ladera arriba. Al cabo de un tiempo, se detuvieron.
—Escucha Fang —dijo el anciano—: hoy deberás pasar una importante prueba. Frente a ti hay una tabla de madera de cinco metros de largo. Párate sobre ella y extiende los brazos a los lados.
El joven lo hizo y se detuvo a esperar nuevas instrucciones.
—Camina en esa posición hasta llegar al final del tablón. A tu alrededor hay un colchón de hierba tapizada de pequeñas flores. No debes pisarlas, así que cuida el equilibrio para no caer. Hazlo ya.
Fang comenzó a avanzar por la delgada tabla que cedía bajo su peso. En minutos, el sensible tacto de sus pies le indicó que había llegado al final del recorrido.
—¡Bien muchacho! Has logrado superar la primera parte. Ahora escucha con atención: gira en el mismo lugar y sácate la venda de los ojos.
Cuando Fang abrió los ojos sintió el más terrible miedo de su corta vida. Bajo sus pies, el mundo se hundía en un  profundo precipicio de piedras afiladas. Al otro lado, el maestro lo observaba con una amplia sonrisa en su rostro. Entre ambos se extendía una delgada tabla de bambú... ¡sobre la cual acababa de cruzar el abismo!  El asombro se transformó en incredulidad y desesperación. La voz del maestro lo hizo reaccionar:
—Lo has logrado una vez ¡Puedes hacerlo nuevamente! Ven.
—Maestro... Yo... ¡No puedo! ¡Caeré al vacío!... No puedo cruzar...

14 dic 2010

El Milico



Muchos años mas tarde, cuando era Agrimensor y estaba por jubilarse, aún lo llamábamos El Milico. Tomás Melín era un buen tipo, compañero de truco en las tardecitas del Club, y a veces nos contaba cosas de la Patagonia de principios de los ´50. Tomás era de origen puntano, y como muchos muchachos pobres y con inquietudes de las provincias del Norte, había conseguido un puesto en la Policía del entonces Territorio Nacional del Chubut, y lo habían asignado como Escribiente a la Comisaría de Esquel. Tenía entonces poco más de 20 años, era despierto y trabajador, y en ese cargo le sobraba tiempo para estudiar. Y de allí provenían las anécdotas que solía contar cuando venían al caso para ejemplificar algo.

Precisamente una tarde, hablando de impunidad o castigo, nos contó una historia que aún lo mantenía perplejo: su superior un día lo había llamado porque una mujer, esposa del agente del Destacamento Cushamen, decía que a su marido lo habían matado, y a ella no le llegaba la pensión. Cushamen era una colonia indígena, empobrecida por el mal manejo y las excesivas subdivisiones de las parcelas, habitada por un conjunto de familias mapuches, totalmente indigentes. Una escuela, un boliche y el destacamento policial eran las estructuras sociales que relacionaban a esa comunidad, perdida de la mano de Dios, al mundo civilizado. El destacamento policial estaba a cargo del Sargento Aniceto Sosa, hombre de pocas palabras, venido del Sur, de San Julián, y acostumbrado a la vida ruda y primitiva de la Patagonia. Lo ayudaba el Agente Juan Chacay, ahora el supuesto difunto, y entre ambos tenían a su cargo la seguridad de un territorio demasiado amplio y pobre.

El Jefe de Tomás lo anotició de la denuncia, y le encargó que fuera a Cushamen a aclarar lo sucedido. Partió entonces, a cubrir las casi 30 leguas de a caballo en dos jornadas. Primero se presentó en el Destacamento, le explicó a Sosa su misión, y le pidió que le contara lo sucedido. Sosa le dijo que él estaba convencido de que todo era un mal entendido, que para él simplemente Chacay se había mandado a mudar, cansado de su situación familiar, y que probablemente hubiera partido a Chos Malal, su lugar de origen, unas 60 leguas al norte, en el Neuquén.

A continuación visitó a la mujer, que vivía sola en su rancho, bastante alejado del Destacamento y del boliche. Ella le contó una historia totalmente diferente: a mediados de Junio, su marido había tratado de parar una pelea de borrachos en el boliche de Maluf, y había recibido un tiro que le causó la muerte poco después. Sabía quiénes habían estado presentes, entre quiénes había sido la pelea, y quién fue el que disparó. Pero desde entonces habían pasado más de seis meses, y ella no recibía ninguna pensión.

Volvió entonces Tomás a hablar con Sosa, quien le dijo que lo de la pelea era cierto, pero que José solo había recibido un tiro de refilón en un brazo, y que lo había vendado él personalmente con el botiquín del Destacamento. A su vez Maluf, con cara de no querer ganarse resentimientos, declaró muy parcamente, confirmando que cuando José se fue del boliche estaba vivo.

Con esas declaraciones volvió Tomás a Esquel, sin tener una solución cierta para su caso. Sin embargo, el problema no lo dejaba tranquilo. Volvió sobre las escasas declaraciones, sintiendo que algo no cerraba bien, revisó los expedientes tanto de Sosa como de José Chacay, y de pronto se le hizo la luz: le contó su teoría a su Jefe, quien de inmediato lo mandó nuevamente a Cushamen, esta vez acompañado.

En cuanto llegó, le hizo saber a Sosa que estaba sospechado del homicidio de José Chacay. Sosa, poco hábil en declarar, se fue enredando en sus propias mentiras, hasta que confesó: José había muerto poco después de salir del boliche, y nadie salvo Sosa lo sabía. Así las cosas, decidió deshacerse del cadáver, no denunciar la muerte, y apropiarse de los sueldos del Agente, que sin duda seguirían llegando. Lo que nunca esperó era que la viuda, empujada por la necesidad, se fuera hasta Esquel a hacer el reclamo.

A esa altura de la historia, nuestra curiosidad por saber cómo había deducido Tomás la realidad de los hechos, era mayúscula. Se lo preguntamos, y nos dijo que había sido muy simple, solamente había que conocer las costumbres de la zona. Sucede que en la meseta patagónica, los caballos enflaquecen mucho en los inviernos, y no pueden emprender viajes largos, de allí que pensó que el argumento de Sosa era una mentira para distraer su atención. Sin embargo, cuando revisó los legajos, se encontró con que José había cobrado puntualmente sus sueldos hasta Octubre, un mes antes de la denuncia de la viuda. Y cuando declararon Sosa, la viuda y el bolichero, los tres coincidieron en que la pelea había sido en Junio. Entonces, de todos los involucrados, solo Sosa tenía una declaración que no se correspondía con los datos, ya que como superior inmediato, era el responsable de pagarle y llenar el recibo. Solo quedaba obtener la prueba del delito, pero a esa altura del procedimiento Sosa, completamente entregado, simplemente les alcanzó un frasco en el que, sumergido en alcohol, estaba el pulgar mutilado de José Chacay, y que usara oportunamente para “firmar” los recibos de su subordinado, que era analfabeto. .

 Emilio Enrique Menvielle


  

6 dic 2010

Un dia cualquiera - Sergio Gaut vel Hartman

Era el primer día de otoño, imagínense, o el 13 de septiembre, no importa. Una noche sin música, para aumentar la confusión. En algún lugar lejano, aunque no tanto, ya que se podían oír claramente los quejidos de los moribundos, se estaba librando una guerra. Ya saben cómo es esto: la guerra empieza por allá, o por más allá, pero siempre se extiende como una mancha de tinta sobre un mantel de lino, avanzando, siempre avanzando, acercándose a tu ciudad, a tu barrio, a la puerta misma de tu casa; las guerras, antes, ahora, tienen ese rostro tan familiar: calaveras descarnadas que deciden instalarse en tu sala, comer tu cena, beber tu vino y acostarse con tu mujer, después de hacerte a un lado como a un mueble viejo.
Estaba pensando en eso cuando me descubrí caminando sin placer por una calle oscura de un barrio pobre, periférico, cuidando cada paso y dándole la razón a los que aseguraban que presenciábamos las primeras maniobras de un largo y complejo suicidio. Me detuve en una esquina, junto a una ventana abierta y sin dudar un momento, sin ningún pudor, observé la habitación en la que un hombre viejo, sentado en una mecedora, rígido como una piedra, con la mirada perdida en el vacío gemía una tonada más antigua que el viento. No comprendo cómo supe que la tonada, el viejo y la guerra que se libraba muy lejos de allí estaban enlazados; la configuración, casi idéntica a otra, producida muchos años atrás, evocaba el día en que mi abuelo había quedado atrapado en una red de circunstancias similares, fortuitas y adversas, que convergieron en su muerte. Desalentado, desvié la mirada. Para recordar no son necesarios los ojos, me dije. Hubiera querido arrancármelos y guardarlos en el bolsillo del abrigo, pero no lo hice. De todos modos, a partir de ese momento los recuerdos fluyeron en orden, con la precisión de un mecanismo. El primer movimiento del adversario parecía haberse completado.
¿Por qué había muerto mi abuelo? Es decir, no pregunto la razón metafísica de la muerte: tal vez estaba escrito en algún libro o simplemente el azar rozó con su ala ese lugar en ese instante. ¿Por qué había muerto en ese momento, en ese lugar? ¿Por qué no intervino algún agente, una providencial y mágica mano que supiera retorcer el espacio, desviar la bomba, detenerla en el aire sin explotar, a pocos centímetros de su cabeza? Lo pensé entonces y lo pienso ahora, cuando todo lo que debía suceder ya ha sucedido.
El viejo se mecía en la silla y canturreaba, tal como lo hizo mi abuelo mientras los aviones se desprendían del cielo sin nubes como gotas de aceite, lentos, en racimos. Dirán que lo estoy imaginando, que se trata de un truco de la mente, que yo no pude haberlo visto; es cierto. Pero oía los truenos, cada vez más cercanos; podía oler la sangre y tocar el espacio encallecido con las yemas de los dedos. ¿Para qué necesitaba los ojos? 
Mi abuelo no sabía, es cierto, cuánto faltaba para que el infierno se desencadenara. Estaba tranquilo, esperando la hora del té. Tampoco lo sabía el hombre sentado en la mecedora, como ausente, que canturreaba su tonada antigua. La guerra está lejos, pensaba, tal vez, o quizá no pensaba para nada en la guerra. Prefería pensar en otras calamidades, más cercanas y nocivas. Si le alcanzaría el dinero para comprar la comida, si lo echarían a patadas de esa pieza; no pagaba el alquiler desde hacía tres meses; hacía tres años que cobraba exactamente lo mismo: una pensión miserable. Esas cosas pensaba el viejo. La guerra era invisible, inexistente, nula.
Fue en ese momento que comprendí que mi adversario, fuera quien fuese, esperaba que yo realizara el siguiente movimiento.
De acuerdo, pensé: el siguiente movimiento, lo haré. El viejo se mecía y canturreaba. Yo busqué un lugar donde sentarme y hallé un cajón de manzanas vacío. Comprobé que era capaz de sostener el peso de mi cuerpo y me instalé en la misma posición que utilizaría un jugador de ajedrez. Apoyé los codos en los muslos y la cabeza en la palma de las manos tras unir las muñecas formando el cáliz de una copa, o una vasija. Supe que cualquier observador vería en mí el remedo de un cuadro pintado por Bezhan Shvelidze, “Problema de tiempo”, se llama el cuadro. Eso hace la figura pintada. ¡Cómo me gusta ese cuadro! Analizar. Reflexionar. La siguiente jugada. Siempre pensamos en la próxima jugada como si fuera capaz de solucionar todos los problemas creados por las que la precedieron. Miré fijamente al viejo, del otro lado de la ventana y vi el 13 de septiembre de 1939, lo vi con absoluta precisión, con una claridad que no necesitaba de los ojos, como un ajedrecista avezado ve todas las tramas que entrecruzan las posibles trayectorias de las piezas. 
El 13 de septiembre de 1939, el pueblo de Frampol, Lublin, Polonia, con una población de 3000, sin ejército o blancos industriales, ni cualquier defensor del ejército polaco, fue prácticamente aniquilado por la Luftwaffe en un bombardeo “de práctica”. El pueblo en el que vivía mi abuelo fue escogido porque los aviones, volando a baja velocidad, no podían ser víctimas del fuego antiaéreo. También porque la plaza central del pueblo era un punto de orientación ideal para las tripulaciones. Tengo dos fotografías: una anterior y otra posterior al bombardeo. En la primera se ve el pueblo; en la segunda un gran machón blanco y algunas líneas oscuras que convergen sobre el presente como una acumulación de brumoso maíz inflado y barras de chocolate. 
Levanté la vista y observé el cielo azul brillante; nada de bruma. En ese momento, la inocencia de la noche, la calma abisal de la atmósfera clamaban que yo estaba loco, que había imaginado una guerra y trucado un par de fotos para sentirme víctima de una grosera injusticia. Doble fraude. Había imaginado dos guerras y trucado millones de fotos para sentirme víctima de varias monstruosas injusticias. Cuestión de magnitudes. Bien. Las agujas corren. Debo jugar o perderé por tiempo, inexorablemente, tengo el mismo problema que el jugador de la pintura. Miré al viejo, que seguía en la misma posición, ajeno a todo. Como un ajedrecista que se precie de serlo, sabía que cuando el tiempo se agota uno piensa más en el reloj que en la partida. Pero hay que tomar una decisión, mover, mover alguna pieza, moverla. 
Abandoné la posición contemplativa, con los brazos apoyados en los muslos y la cabeza entre las manos. Puse todos los músculos en acción y salté hacia la ventana abierta como quien se mete en un cuadro de Rubens o Velázquez. Esos sí que pintaban grandes cuadros.
Al verme irrumpir en su habitación y en su calma, el viejo me miró con los ojos desorbitados. Yo era, a todos los efectos, un intruso, un ladrón que se proponía despojarlo de lo poco que tenía. Por lo tanto, mi primer gesto fue de advertencia. Puse un dedo sobre los labios y con la otra mano le indiqué inequívocamente que esperara, que permaneciera en calma, que confiara en mí. Excesiva carga para una simple mano. No obstante, sirvió. El anciano se relajó en su mecedora y se dispuso a escuchar mis argumentos. No los hubo, por supuesto. Lo arranqué de la mecedora y me lo cargué sobre los hombros. Pesaba menos que un almohadón de plumas. Atravesé la habitación y confié en que la puerta no estuviera cerrada con llave; no estaba cerrada con llave. Salí a la calle y empecé a correr. El viejo no protestaba, aunque en la tensión de su cuerpo percibí el miedo. Temí que se orinara, mojándome la espalda, pero por alguna razón inexplicable, a medida que poníamos distancia, se iba tranquilizando. Corrí, no sé, diez, quince cuadras. Con el aliento entrecortado me detuve en una esquina y deposité al viejo en el suelo.
—¿Por qué lo hizo? —dijo, con voz temblorosa.
—Escuche —respondí. Puse una mano en la oreja y lo invité a hacer lo mismo. A lo lejos, se dejaban oír las explosiones de las primeras bombas.
—¿Truenos? —dijo el viejo mirando hacia lo alto. El cielo azul brillaba sin matices y las estrellas parecían colgar como faroles. Hacía siglos que no se veía una noche como esa—. No pueden ser truenos.
—Bombas —repliqué, lacónico, sin deseos de explicar nada.
—¿Bombas?
—Bombas —repetí—. Un bombardeo; hay una guerra, una nueva, o la misma de siempre. —Era difícil de creer. Bombas. Tardíamente llegó el sonido de los aviones de la Luftwaffe que, una vez descargada su mercancía se elevaban en dirección al norte, dejando atrás el objetivo demolido. Ondulantes lenguas de fuego y humo subieron hacia el cielo como si fueran entidades capaces de absorber la luz, capaces de comerse los colores, los brillos, los tonos del aire.
—¿Bombardearon mi casa? —El viejo estaba desolado. —¿Qué les hice, yo? Nunca le hice mal a nadie.
Le pasé un brazo por el hombro y lo atraje hacia mí. —Usted, nada, por supuesto. Nadie les hizo nada, nunca. Pero a ellos eso no les importa. Venga, vamos. Quiero que conozca a una persona.
—¿Quién es usted? ¿Un ángel, un demonio?
—¿Cree en esas tonterías? 
—No. ¿Quién es, entonces?



Sin agregar una sola palabra lo conduje a través de las calles vacías, extrañamente solitarias. El silencio se propagaba, continuo, perpetuo, aunque ya debía haber bloqueos en numerosos lugares para dejar pasar a los equipos de bomberos que se dirigían a apagar los incendios. Habíamos quedado en una zona hueca; los autos y camiones se verían obligados a dar grandes rodeos. Dejamos atrás una serie de pasajes estrechos, tortuosos y llenos de basura; aquí el pavimento aparecía mojado y brillante; los semáforos se abrían y cerraban, solitarios e inútiles en las intersecciones. Llegamos a mi casa cuando una cúpula de rojo resplandeciente ya cubría totalmente la ciudad y proyectaba largas sombras, como en un atardecer de verano. 
En la oscuridad de la sala, mi abuelo se mecía en una silla y canturreaba una tonada más antigua que el viento.
—¡Abuelo! —exclamé; ignoraba la palabra que debía designarlo en su idioma. ¿Dzeide?
El hombre iluminó el ambiente con su mirada. Tampoco para esto hacen falta los ojos, perecía decir. Pero estaba seguro de que no entendió la palabra.
—¿Quién es? —dijo el viejo que yo había rescatado. 
—Mi abuelo. Debería haber muerto en Polonia el 13 de septiembre de 1939, en el pueblo de Frampol, Lublin, pero está aquí, ahora; no sé cómo ocurrió. Por lo visto he logrado torcer la historia o lograré torcerla. —Hablaba atropelladamente. El milagro conseguido superaba con exceso mis propósitos. Mi abuelo nos miraba con ojos desorbitados. Acababa de advertir que no estaba en su casa, en el shtetl en el que había nacido y en el que suponía que iba a morir, aunque no de esa forma.
—¿Cómo le va, abuelo? —dijo el anciano que yo había rescatado de una muerte segura; tendió la mano. Mi abuelo abrió la boca y emitió unas palabras incomprensibles. Hablaba en idish, por supuesto, pero con un acento que yo no podía desentrañar—. ¿Qué dice?
—No sé; yo tampoco entiendo el idioma.
—¿No entiende a su abuelo?
—No entiendo nada. No debería estar aquí. Tendría que haber muerto hace más de sesenta años. —Miré a ambos viejos y descubrí un sospechoso parecido. La luz era escasa, pero sentí durante un momento el tenso equilibrio, aunque seguía sin comprender lo que ocurría. ¿Era posible que al cambiar la posición de un elemento el efecto multiplicador hubiera alcanzado los hechos del pasado?
—El pasado no es un lugar cristalizado —dijo el viejo, contestando a mis pensamientos. Dejó vagar la mirada de un lado a otro de la habitación y de pronto clavó los ojos en el vacío de la pantalla de televisión y la contempló con expresión lúgubre, incrédulo, enojado, mientras sus uñas arañaban la superficie de la mesa; el chirrido era insoportable. Mi mente sólo parecía capaz de pensar en una barraca colmada de cadáveres.
—Shaj *pareció decir entonces mi abuelo. Su rostro se iluminó aún más intensamente y miró al otro viejo con atención.
—Yo no creo en los milagros —me excusé—, pero algún nombre hay que darle a lo que está ocurriendo con nosotros... —Me interrumpí en ese punto porque vi que ambos me miraban atónitos.
—Soy un hombre ignorante, pero siempre pensé que estas cosas podrían pasar —dijo el viejo—. ¿Cuál podría ser la razón para que las cosas no se definan de otro modo?
—Shaj *repitió mi abuelo.
—¿Esta palabra sí la entiende? —dijo el viejo.
—Creo que sí. Es muy parecida en muchos idiomas. Quiere decir ajedrez.
—¿Querrá jugar una partida? —Los ojos del viejo también se iluminaron. Yo me moví hacia un armario en el que guardaba un juego de madera, una buena imitación de un Staunton y el tablero que me había fabricado un artesano de Glew. Puse el tablero y la caja sobre la mesa y empecé a ubicar las piezas. Mis ojos contribuyeron a la orgía de luz. Eran tan radiantes todos aquellos ojos que hubieran sido innecesarias las lámparas.
—Adelante —dije cuando las treintidós piezas ocuparon sus lugares iniciales—. Jueguen.
—¿No tiene un reloj? —dijo el viejo. Mi abuelo pareció entender y movió la cabeza, apoyando la iniciativa. Suspiré y saqué del armario el viejo Roa que me había legado el doctor Campos antes de irse a radicar a Alemania. Le di cuerda imaginando que seguiría un reclamo porque el reloj no era electrónico.
  —¿Algo más? Tal vez quieran butacas más cómodas o un fiscal profesional.
—No sea tonto, hombre —dijo el viejo—. ¿No se da cuenta de lo que nos estamos jugando?
—Una partida de ajedrez —repliqué—. ¿Qué más? —El viejo sacudió la cabeza e hizo la primera jugada. Mi abuelo respondió. Tras las primeras cuatro o cinco quedó en evidencia que los dos sabían bastante del asunto. Una variante Najdorf clásica en la defensa Siciliana. Era más extraño de lo que cualquiera que no conozca el juego podría suponer. Najdorf llegó de Polonia a la Argentina el 24 de agosto de 1939 y de inmediato se sumergió en la vorágine del Torneo de las Naciones que se disputaba en ese momento en Buenos Aires. El 13 de septiembre, mientras Frampol era bombardeada por la Luftwaffe, le estaba ganando su partida a Ilmar Raud, un alemán, tal vez un nazi, o no, vaya uno a saber. La mínima revancha de Miguel era nada si se la compara con la destrucción de Frampol. Algunos de los muertos eran sus primos. Poco tiempo después toda la familia de don Miguel murió en los campos de Auschwitz o Dachau. Despejé de mi mente cualquier intrusión ajena al problema. El 13 de septiembre de 1939 esa variante no existía, ni siquiera para su autor; ¿cómo la conocía mi abuelo?
La partida entre los dos viejos seguía desarrollándose dentro de los cánones de la más pura ortodoxia. Por lo visto ambos jugaban tanto o mejor que yo. En un momento el viejo, tras hacer una jugada sólida, alzó la vista y me miró a los ojos. —Hay que consolidar la posición —dijo. Hay que consolidar la posición, repetí para mí; no hay que arriesgar, no hay que ser audaz: hay que consolidar la posición. ¿Significaba eso lo que yo suponía?
La partida se hundió en el tiempo. Mi casa se hundió en el pasado. La jugada que el viejo debería haber hecho, volando el centro negro, era la versión a escala del bombardeo “de práctica” efectuado por la Luftwaffe sobre Frampol. La jugada que hizo, consolidando la posición, operaba como un lazo que unía a Frampol con Buenos Aires, 1939 con el presente. El pueblo en el que vivía mi abuelo fue omitido porque los aviones, aún volando a baja velocidad, no podían verlo. De nada sirvió que la plaza central del pueblo fuera un punto de orientación ideal para las tripulaciones; no había plaza, no había pueblo. Puedo imaginar la expresión de incredulidad de los pilotos, pero en realidad no me importa. 
Tampoco importaba ya la posición de la partida que disputaban el viejo que yo había rescatado de una guerra y mi abuelo, rescatado de otra por fuerzas que no entendía, pero que sin lugar a dudas operaban con toda efectividad. ¿Preferirían llamarlo magia? Yo no; soy una persona que no cree en esas tonterías. No obstante, estaba perfectamente claro que mientras los dos viejos siguieran jugando al ajedrez el puente entre el presente y el pasado no se rompería.
Les hice una seña para que siguieran tranquilos. Dos, cien, un millón de partidas. No tenía el menor apuro. Fui a la cocina y empecé a preparar el té. Verifiqué que hubiera limones (los polacos toman el té con mucho limón) y pensé cómo le gustaría al otro viejo. Lamenté no tener el samovar que una tía se empeñó en regalarme y yo rechacé por considerarlo un trasto ridículo.

30 nov 2010

El club de las diez y diez

Tal vez usted nunca prestó atención a la publicidad de los relojes, pero el caso es que todos marcan la misma hora
Nadie ha podido dar una explicación convincente de porqué los relojes, en los avisos, están siempre marcando las diez y diez.
Tampoco se sabe cuándo, ni dónde, ni porqué acordaron los relojeros acomodar las manecillas en esa posición tan particular.
El hecho que TODOS los relojeros del mundo se hayan puesto de acuerdo nos hace pensar, o más bien sospechar, de algún pacto entre ellos.
Pero ¿cuál es la razón oculta de este acuerdo?
Planteamos más preguntas:
¿Porqué los suizos, que son maestros en relojería, no fueron atacados en la II guerra mundial?
Los expertos, evasivamente opinan que esa posición de las manecillas permite destacar la marca del reloj, lo cual no es enteramente cierto.





Cuando el diseñador Franklyn Hernández fue requerido para hablar de este tema sugirió que en la figura de las diez y diez se dibuja una sonrisa que pretende seducir al comprador.
Un relojero novato, que se atrevió a mostrar su producto marcando las 8 y 20, no pudo vender ninguno. Esta transgresión lo llevó a la quiebra y su cadáver apareció flotando en el lago Leman con signos de suicidio. La policía suiza cerró el caso con inusitada rapidez, prestando poca atención a las fotografías del cuerpo desnudo que mostraban dos heridas mortales, sobre el pecho, formando un ángulo obtuso.
Las diez y diez.
Si la primera herida del suicida fue mortal, ¿quién provocó la segunda?
Este hecho despertó el interés del criptólogo de la OIJ, Luis Midence, quien se aprovechó de un viaje de capacitación a Ginebra para revisar los archivos de la abadía cistercense de Saint Gall. Allí encontró una extraña referencia a dos hermanos de apellido Diez, sefardíes que residían en Suiza cuando decidieron embarcarse a Costa Rica donde abrieron una relojería en la Villa de la Boca del Monte, futura San José, en la que posteriormente fue la avenida San Martín. El negocio se llamó Diez hermanos, lo que demuestra su engañosa actitud, ya que en realidad eran dos.
Cuenta la tradición oral del barrio que los hermanos, conocidos como Diez y Diez, recibían misteriosos visitantes, llegados del viejo mundo, con los que se reunían hasta altas horas de la noche. Después, estos se subían a las carretas que los transportaban a Limón y desaparecían en veloces veleros.
Luis Midence, el criptólogo, no supo descifrar el enigma que relacionaba a los hermanos Diez con la conexión suiza y el extraño suicidio de quien se había atrevido a invertir la imagen de la crucifixión.
Durante años estuvo obsesionado con el misterio y, cada vez que las agujas de su reloj marcaban las diez y diez, un estremecimiento automático recorría su cuerpo en una extraña mezcla de hora biológica, neurológica y psicológica.
Cosa parecida le sucedía cuando abría las revistas y en sus páginas aparecía la publicidad de un reloj, de cualquier marca, que desde las diez y diez le recordaba la hora de llegar al fondo del asunto.
Con la aparición de Internet pensó que sería más fácil vincularse con sitios que se ocuparan del tema, o se podría contactar con gente que, como él, se preocupaba por este asunto.
Una vez, chateando con un colega suizo con el que había desarrollado una pequeña amistad, este dejó caer una extraña pregunta:
-          ¿En qué paralelo vive usted?
Midence no supo contestarle en ese momento y quedó en averiguar la información.
Su sorpresa fue grande cuando supo que estaba en el paralelo 10.
Este sugestivo dato geográfico lo llevó a revisar otra vez la documentación que tenía, para descubrir algún indicio que se le hubiera pasado por alto anteriormente.
Ningún vestigio quedaba de los hermanos Diez que no habían dejado descendencia y, más bien, habían desaparecido del barrio de un día para otro, quedando abandonada la relojería de la avenida San Martín, la que luego fue remodelada por gente extranjera.
Una mañana, recorriendo esa avenida, Luis Midence descubrió que llevaba el número diez y, en un súbito acto de iluminación, corrió frenéticamente hasta el cruce con la calle diez.
Así llegó a las diez con diez, donde habían vivido los hermanos Diez.
Estaba parado exactamente en el paralelo 10, en la esquina de la avenida 10 con la calle 10, frente a una casa de altos con fachada de madera en cuya puerta había un pequeño cartel premonitorio que rezaba misteriosamente: “Llegó la hora”. Algún gracioso había agregado “del almuerzo”.
Midence se informó, en la bomba La Castellana, sobre las actividades desarrolladas en ese edificio pero nadie le supo dar razón ya que el movimiento de gente se efectuaba después de medianoche.
Solamente los días 10 de octubre se veía entrar y salir hombres de traje oscuro y, a media mañana, se escuchaban gritos y lamentos. Exactamente a las diez y diez.
Un temor súbito invadió a Luis Midence y, desde ese entonces, procuró evitar esa esquina.
Con un ambigüo correo electrónico se despidió de su amigo suizo que, de alguna manera, le había sugerido la pista del enigma, quién sabe con qué oscuras intenciones. Probó un reloj con números romanos, pero a la hora señalada un incómodo estremecimiento le recorría el cuerpo, más doloroso que con los carátulas arábigas. Entonces descubrió que en esos relojes el número IV romano se representaba IIII lo que profundizó su certeza sobre un pacto diabólico.
Ya vencido por la incertidumbre y decidido en acabar con esa pesadilla, tomó la decisión que siempre había querido evitar: se compró un reloj digital.

Jorge Grané