10 jun 2011

Se encontró solo frente a las escaleras caracol, rodeado de espejos, de luces y de sombras.
Y bajó, con los pies en el agua, las manos en el fuego, el pensamiento en blanco, y en negro.
Se miró la ropa, vio los jirones, los brillos, las ausencias.
Sintió en su pelo el frío del invierno y en su cuerpo el calor de la condenación.
Supo, sin saberlo, que estaba muerto y más vivo que nunca.
Supo, sabiéndolo, que jamás resucitaría aunque fuese un resucitado.
Miró las cascadas fluir desde las paredes.  Se creyó Poseidón, aunque fuera un pobre pez.
Nadó, se ahogó, buscó el aire en la tierra y el sol en los abismos.
Se transformó en mujer, en niño, en ángel.
Se hizo serpiente y manzana, inventó el pecado y lo comió, lo cometió, lo vomitó.
Fue santo en la hoguera, demonio en el trono del Poder.
Lamió la miel más pura y el acíbar más intolerable.
Fue cruz, clavo, judío, cristiano, todo y nada.
Es Uno y Trinidad, liturgia y sangre, pan y hambre.
Buscó a su madre, y descubrió que nunca fue parido.
Buscó a su padre, y se encontró a sí mismo.
Quiso ser huella, cicatriz, síntoma y seña, pero fue olvido.
Quiso ser lírico pero fue prosaico.
Es pura metáfora, invención y realidad.
Fe y agnosticismo.
Sueño.

CS

8 jun 2011

El descenso


Una puerta como para pigmeos separaba lo anhelado de lo visto siempre. An era un grano de arena más frente al impertérrito Goliat que inmortalizado en Giza soportó tantas lunas y soles como el mismísimo dios.
Tuvo que hacerse bolita para atravesarla. Bajó el primer escalón rechinante y se tomó del improvisado barandal. Miró hacia atrás e hizo un gesto como de aceptación. Un escalón más. Delante de sí marchaba una tropilla fatigosa. Algunos exclamaban de asombro y otros gritaban por retornar a la luz. Pero para subir había que terminar el camino en bajada. La estrechez del canal hacía imposible la circulación en dos sentidos. An decía que en las profundidades algo esperaba por ella.
Al cuarto de camino un precario sistema eléctrico tomó la posta de la claridad del sol. El aire era cada vez más denso. Otro escalón más; otro. Comenzó a cantar una suerte de oración que se mezclaba con voces en ruso, alemán, inglés, árabe y español. No era posible entender qué decía pero se escuchaba la entonación melódica.
Medio camino abajo. An volvió a mirar para atrás. La diminuta entrada no se vio más. Solo una cadena humana informe la seguía. Como pudo tomó una botella de la pequeña mochila que pendía bajo de su tórax. Hizo un cuenco en la mano, volcó un poco de agua que sorbió y se refrescó la cara. Comenzó a sentir el sopor. Había poco oxígeno para tanto ganado en la manga. Quiso hacer un alto pero le fue imposible.  
Llevaba ya algo más de media hora ahí adentro. Era empujada por manos, piernas, torsos. Olía las respiraciones de esas bocas cada vez más abiertas que exhalaban un vaho pestilente. Agachada, con el techo del conducto pegado a su espalda, An siguió camino.
De pronto escuchó subir sin freno el grito de un español que había llegado. No volvió a mirar hacia atrás. No le importó qué tan lejos había quedado el mundo y lo asfixiante del ambiente. Trató de apresurar la marcha dirigiéndose a quienes estaban adelante. Preguntó, también a los gritos y excitada, qué era lo que se veía. Pero la horda babélica no respondió.
Otro escalón. Uno menos. Descendió acariciando el muro de bloques. Por un instante se recostó sobre ellos como buscando fundirse con la eternidad.
Último escalón. Por primera vez titubeó en bajarlo. Pero la masa que escoltó su descenso pareció empujarla a asumir un destino que aún no estaba escrito en ningún libro. Dado el paso, toda la antesala se metamorfoseó. La muchedumbre y la gradería se esfumaron y de las paredes brotaron algunas escrituras. Su rostro no reflejó expresión alguna. Con dificultad empezó a leer en voz alta uno de los textos del ala sur. Al continuar por los que estaban en el oeste, el despojado espacio se vio súbitamente ocupado por preciosos objetos. Los observó como reconociéndolos. Dejó caer su cuerpo en un sillón y se durmió.
Cuando despertó se dirigió a la cámara funeraria. Los millares de almas que pasaron por allí habían dejado un hálito de vida. Rodeó el sarcófago de granito negro recitando la oración del descenso. La luz artificial también desapareció.
Quizá las generaciones venideras puedan decir qué le sucedió a An luego de escuchar la voz que como un rugido nació del interior oscuro de una pirámide.

Carolina Menón

25 may 2011

Sonidos

Al irme me gritaste: "¡Date prisa!” Salí corriendo, no porque hubiera ninguna prisa, sino porque todo lo que me rodeaba corría: la iridiscencia de los arbustos, las sombras de las nubes sobre la húmeda hierba, las violáceas flores que se escabullían en una hondonada para salvar la vida antes del azote del segador.”
Vladimir Nabolov: Sonidos (cuento inédito)

24 may 2011

Madame Bovary

...Caían las sombras de la tarde, el sol horizontal que pasaba entre las ramas le deslumbraba los ojos. Por un lado y por otro, en torno a ella, en las hojas o en el suelo, temblaban unas manchas luminosas, como si unos colibríes al volar hubiesen esparcido sus plumas. El silencio era total; algo suave parecía salir de los árboles; Emma se sentía el corazón, cuyos latidos recomenzaban, y la sangre que corría por su carne como un río de leche. Entonces oyó a lo lejos, más allá del bosque, sobre las otras colinas, un grito vago y prolongado, una voz que se perdía y ella la escuchaba en silencio, mezclándose como una música a las últimas vibraciones de sus nervios alterados.

Gustave Flaubert
 
¿Por qué dar tanta importancia a un instante, si ya no habrá memoria, ya no habrá tampoco reparación?

Simone de Beauvoir
 

20 may 2011

Como en casa

Era negra y esbelta, con un matorral de pelo atado en la coronilla que la hacía más alta. Llamaba la  atención y necesariamente tenía que ser protagonista; frente a las cámaras, frente a toda mirada, en particular frente a los comensales de esa mesa, rubios con ojos de mar la mayoría, y los que no, con la piel apenas cobriza. Eran sus amigos locales que se admiraban de conocerla y contemplaban absortos el bailoteo de sus dedos largos sobre la mesa de mármol blanco.
         Su voz, dulce y melodiosa, acallaba el eco profundo de tambores ancestrales que rodaban por la sierra hasta la estepa verde, en tiempos de lluvia, con un riacho que convocaba felinos amarillos, cuadrúpedos leves y animales tubulares con y sin patas. Allí cada especie jugaba su supervivencia. Como ella ahora, frente a los empresarios que le presentaban sus familias afables, felices, para que se sintiera como en su casa y confiara.
         Entonces ella entornó sus párpados, para que miraran sus ancestros. Vieron gacelas alertas a sus movimientos. Vieron planear un buitre. Vieron carnívoros al acecho.
Ellos no comprendieron su repentina fuga. -Cosa de negros-, dijo alguno.


Alberto Zimmermann
Abril 2011