6 dic 2010

Un dia cualquiera - Sergio Gaut vel Hartman

Era el primer día de otoño, imagínense, o el 13 de septiembre, no importa. Una noche sin música, para aumentar la confusión. En algún lugar lejano, aunque no tanto, ya que se podían oír claramente los quejidos de los moribundos, se estaba librando una guerra. Ya saben cómo es esto: la guerra empieza por allá, o por más allá, pero siempre se extiende como una mancha de tinta sobre un mantel de lino, avanzando, siempre avanzando, acercándose a tu ciudad, a tu barrio, a la puerta misma de tu casa; las guerras, antes, ahora, tienen ese rostro tan familiar: calaveras descarnadas que deciden instalarse en tu sala, comer tu cena, beber tu vino y acostarse con tu mujer, después de hacerte a un lado como a un mueble viejo.
Estaba pensando en eso cuando me descubrí caminando sin placer por una calle oscura de un barrio pobre, periférico, cuidando cada paso y dándole la razón a los que aseguraban que presenciábamos las primeras maniobras de un largo y complejo suicidio. Me detuve en una esquina, junto a una ventana abierta y sin dudar un momento, sin ningún pudor, observé la habitación en la que un hombre viejo, sentado en una mecedora, rígido como una piedra, con la mirada perdida en el vacío gemía una tonada más antigua que el viento. No comprendo cómo supe que la tonada, el viejo y la guerra que se libraba muy lejos de allí estaban enlazados; la configuración, casi idéntica a otra, producida muchos años atrás, evocaba el día en que mi abuelo había quedado atrapado en una red de circunstancias similares, fortuitas y adversas, que convergieron en su muerte. Desalentado, desvié la mirada. Para recordar no son necesarios los ojos, me dije. Hubiera querido arrancármelos y guardarlos en el bolsillo del abrigo, pero no lo hice. De todos modos, a partir de ese momento los recuerdos fluyeron en orden, con la precisión de un mecanismo. El primer movimiento del adversario parecía haberse completado.
¿Por qué había muerto mi abuelo? Es decir, no pregunto la razón metafísica de la muerte: tal vez estaba escrito en algún libro o simplemente el azar rozó con su ala ese lugar en ese instante. ¿Por qué había muerto en ese momento, en ese lugar? ¿Por qué no intervino algún agente, una providencial y mágica mano que supiera retorcer el espacio, desviar la bomba, detenerla en el aire sin explotar, a pocos centímetros de su cabeza? Lo pensé entonces y lo pienso ahora, cuando todo lo que debía suceder ya ha sucedido.
El viejo se mecía en la silla y canturreaba, tal como lo hizo mi abuelo mientras los aviones se desprendían del cielo sin nubes como gotas de aceite, lentos, en racimos. Dirán que lo estoy imaginando, que se trata de un truco de la mente, que yo no pude haberlo visto; es cierto. Pero oía los truenos, cada vez más cercanos; podía oler la sangre y tocar el espacio encallecido con las yemas de los dedos. ¿Para qué necesitaba los ojos? 
Mi abuelo no sabía, es cierto, cuánto faltaba para que el infierno se desencadenara. Estaba tranquilo, esperando la hora del té. Tampoco lo sabía el hombre sentado en la mecedora, como ausente, que canturreaba su tonada antigua. La guerra está lejos, pensaba, tal vez, o quizá no pensaba para nada en la guerra. Prefería pensar en otras calamidades, más cercanas y nocivas. Si le alcanzaría el dinero para comprar la comida, si lo echarían a patadas de esa pieza; no pagaba el alquiler desde hacía tres meses; hacía tres años que cobraba exactamente lo mismo: una pensión miserable. Esas cosas pensaba el viejo. La guerra era invisible, inexistente, nula.
Fue en ese momento que comprendí que mi adversario, fuera quien fuese, esperaba que yo realizara el siguiente movimiento.
De acuerdo, pensé: el siguiente movimiento, lo haré. El viejo se mecía y canturreaba. Yo busqué un lugar donde sentarme y hallé un cajón de manzanas vacío. Comprobé que era capaz de sostener el peso de mi cuerpo y me instalé en la misma posición que utilizaría un jugador de ajedrez. Apoyé los codos en los muslos y la cabeza en la palma de las manos tras unir las muñecas formando el cáliz de una copa, o una vasija. Supe que cualquier observador vería en mí el remedo de un cuadro pintado por Bezhan Shvelidze, “Problema de tiempo”, se llama el cuadro. Eso hace la figura pintada. ¡Cómo me gusta ese cuadro! Analizar. Reflexionar. La siguiente jugada. Siempre pensamos en la próxima jugada como si fuera capaz de solucionar todos los problemas creados por las que la precedieron. Miré fijamente al viejo, del otro lado de la ventana y vi el 13 de septiembre de 1939, lo vi con absoluta precisión, con una claridad que no necesitaba de los ojos, como un ajedrecista avezado ve todas las tramas que entrecruzan las posibles trayectorias de las piezas. 
El 13 de septiembre de 1939, el pueblo de Frampol, Lublin, Polonia, con una población de 3000, sin ejército o blancos industriales, ni cualquier defensor del ejército polaco, fue prácticamente aniquilado por la Luftwaffe en un bombardeo “de práctica”. El pueblo en el que vivía mi abuelo fue escogido porque los aviones, volando a baja velocidad, no podían ser víctimas del fuego antiaéreo. También porque la plaza central del pueblo era un punto de orientación ideal para las tripulaciones. Tengo dos fotografías: una anterior y otra posterior al bombardeo. En la primera se ve el pueblo; en la segunda un gran machón blanco y algunas líneas oscuras que convergen sobre el presente como una acumulación de brumoso maíz inflado y barras de chocolate. 
Levanté la vista y observé el cielo azul brillante; nada de bruma. En ese momento, la inocencia de la noche, la calma abisal de la atmósfera clamaban que yo estaba loco, que había imaginado una guerra y trucado un par de fotos para sentirme víctima de una grosera injusticia. Doble fraude. Había imaginado dos guerras y trucado millones de fotos para sentirme víctima de varias monstruosas injusticias. Cuestión de magnitudes. Bien. Las agujas corren. Debo jugar o perderé por tiempo, inexorablemente, tengo el mismo problema que el jugador de la pintura. Miré al viejo, que seguía en la misma posición, ajeno a todo. Como un ajedrecista que se precie de serlo, sabía que cuando el tiempo se agota uno piensa más en el reloj que en la partida. Pero hay que tomar una decisión, mover, mover alguna pieza, moverla. 
Abandoné la posición contemplativa, con los brazos apoyados en los muslos y la cabeza entre las manos. Puse todos los músculos en acción y salté hacia la ventana abierta como quien se mete en un cuadro de Rubens o Velázquez. Esos sí que pintaban grandes cuadros.
Al verme irrumpir en su habitación y en su calma, el viejo me miró con los ojos desorbitados. Yo era, a todos los efectos, un intruso, un ladrón que se proponía despojarlo de lo poco que tenía. Por lo tanto, mi primer gesto fue de advertencia. Puse un dedo sobre los labios y con la otra mano le indiqué inequívocamente que esperara, que permaneciera en calma, que confiara en mí. Excesiva carga para una simple mano. No obstante, sirvió. El anciano se relajó en su mecedora y se dispuso a escuchar mis argumentos. No los hubo, por supuesto. Lo arranqué de la mecedora y me lo cargué sobre los hombros. Pesaba menos que un almohadón de plumas. Atravesé la habitación y confié en que la puerta no estuviera cerrada con llave; no estaba cerrada con llave. Salí a la calle y empecé a correr. El viejo no protestaba, aunque en la tensión de su cuerpo percibí el miedo. Temí que se orinara, mojándome la espalda, pero por alguna razón inexplicable, a medida que poníamos distancia, se iba tranquilizando. Corrí, no sé, diez, quince cuadras. Con el aliento entrecortado me detuve en una esquina y deposité al viejo en el suelo.
—¿Por qué lo hizo? —dijo, con voz temblorosa.
—Escuche —respondí. Puse una mano en la oreja y lo invité a hacer lo mismo. A lo lejos, se dejaban oír las explosiones de las primeras bombas.
—¿Truenos? —dijo el viejo mirando hacia lo alto. El cielo azul brillaba sin matices y las estrellas parecían colgar como faroles. Hacía siglos que no se veía una noche como esa—. No pueden ser truenos.
—Bombas —repliqué, lacónico, sin deseos de explicar nada.
—¿Bombas?
—Bombas —repetí—. Un bombardeo; hay una guerra, una nueva, o la misma de siempre. —Era difícil de creer. Bombas. Tardíamente llegó el sonido de los aviones de la Luftwaffe que, una vez descargada su mercancía se elevaban en dirección al norte, dejando atrás el objetivo demolido. Ondulantes lenguas de fuego y humo subieron hacia el cielo como si fueran entidades capaces de absorber la luz, capaces de comerse los colores, los brillos, los tonos del aire.
—¿Bombardearon mi casa? —El viejo estaba desolado. —¿Qué les hice, yo? Nunca le hice mal a nadie.
Le pasé un brazo por el hombro y lo atraje hacia mí. —Usted, nada, por supuesto. Nadie les hizo nada, nunca. Pero a ellos eso no les importa. Venga, vamos. Quiero que conozca a una persona.
—¿Quién es usted? ¿Un ángel, un demonio?
—¿Cree en esas tonterías? 
—No. ¿Quién es, entonces?



Sin agregar una sola palabra lo conduje a través de las calles vacías, extrañamente solitarias. El silencio se propagaba, continuo, perpetuo, aunque ya debía haber bloqueos en numerosos lugares para dejar pasar a los equipos de bomberos que se dirigían a apagar los incendios. Habíamos quedado en una zona hueca; los autos y camiones se verían obligados a dar grandes rodeos. Dejamos atrás una serie de pasajes estrechos, tortuosos y llenos de basura; aquí el pavimento aparecía mojado y brillante; los semáforos se abrían y cerraban, solitarios e inútiles en las intersecciones. Llegamos a mi casa cuando una cúpula de rojo resplandeciente ya cubría totalmente la ciudad y proyectaba largas sombras, como en un atardecer de verano. 
En la oscuridad de la sala, mi abuelo se mecía en una silla y canturreaba una tonada más antigua que el viento.
—¡Abuelo! —exclamé; ignoraba la palabra que debía designarlo en su idioma. ¿Dzeide?
El hombre iluminó el ambiente con su mirada. Tampoco para esto hacen falta los ojos, perecía decir. Pero estaba seguro de que no entendió la palabra.
—¿Quién es? —dijo el viejo que yo había rescatado. 
—Mi abuelo. Debería haber muerto en Polonia el 13 de septiembre de 1939, en el pueblo de Frampol, Lublin, pero está aquí, ahora; no sé cómo ocurrió. Por lo visto he logrado torcer la historia o lograré torcerla. —Hablaba atropelladamente. El milagro conseguido superaba con exceso mis propósitos. Mi abuelo nos miraba con ojos desorbitados. Acababa de advertir que no estaba en su casa, en el shtetl en el que había nacido y en el que suponía que iba a morir, aunque no de esa forma.
—¿Cómo le va, abuelo? —dijo el anciano que yo había rescatado de una muerte segura; tendió la mano. Mi abuelo abrió la boca y emitió unas palabras incomprensibles. Hablaba en idish, por supuesto, pero con un acento que yo no podía desentrañar—. ¿Qué dice?
—No sé; yo tampoco entiendo el idioma.
—¿No entiende a su abuelo?
—No entiendo nada. No debería estar aquí. Tendría que haber muerto hace más de sesenta años. —Miré a ambos viejos y descubrí un sospechoso parecido. La luz era escasa, pero sentí durante un momento el tenso equilibrio, aunque seguía sin comprender lo que ocurría. ¿Era posible que al cambiar la posición de un elemento el efecto multiplicador hubiera alcanzado los hechos del pasado?
—El pasado no es un lugar cristalizado —dijo el viejo, contestando a mis pensamientos. Dejó vagar la mirada de un lado a otro de la habitación y de pronto clavó los ojos en el vacío de la pantalla de televisión y la contempló con expresión lúgubre, incrédulo, enojado, mientras sus uñas arañaban la superficie de la mesa; el chirrido era insoportable. Mi mente sólo parecía capaz de pensar en una barraca colmada de cadáveres.
—Shaj *pareció decir entonces mi abuelo. Su rostro se iluminó aún más intensamente y miró al otro viejo con atención.
—Yo no creo en los milagros —me excusé—, pero algún nombre hay que darle a lo que está ocurriendo con nosotros... —Me interrumpí en ese punto porque vi que ambos me miraban atónitos.
—Soy un hombre ignorante, pero siempre pensé que estas cosas podrían pasar —dijo el viejo—. ¿Cuál podría ser la razón para que las cosas no se definan de otro modo?
—Shaj *repitió mi abuelo.
—¿Esta palabra sí la entiende? —dijo el viejo.
—Creo que sí. Es muy parecida en muchos idiomas. Quiere decir ajedrez.
—¿Querrá jugar una partida? —Los ojos del viejo también se iluminaron. Yo me moví hacia un armario en el que guardaba un juego de madera, una buena imitación de un Staunton y el tablero que me había fabricado un artesano de Glew. Puse el tablero y la caja sobre la mesa y empecé a ubicar las piezas. Mis ojos contribuyeron a la orgía de luz. Eran tan radiantes todos aquellos ojos que hubieran sido innecesarias las lámparas.
—Adelante —dije cuando las treintidós piezas ocuparon sus lugares iniciales—. Jueguen.
—¿No tiene un reloj? —dijo el viejo. Mi abuelo pareció entender y movió la cabeza, apoyando la iniciativa. Suspiré y saqué del armario el viejo Roa que me había legado el doctor Campos antes de irse a radicar a Alemania. Le di cuerda imaginando que seguiría un reclamo porque el reloj no era electrónico.
  —¿Algo más? Tal vez quieran butacas más cómodas o un fiscal profesional.
—No sea tonto, hombre —dijo el viejo—. ¿No se da cuenta de lo que nos estamos jugando?
—Una partida de ajedrez —repliqué—. ¿Qué más? —El viejo sacudió la cabeza e hizo la primera jugada. Mi abuelo respondió. Tras las primeras cuatro o cinco quedó en evidencia que los dos sabían bastante del asunto. Una variante Najdorf clásica en la defensa Siciliana. Era más extraño de lo que cualquiera que no conozca el juego podría suponer. Najdorf llegó de Polonia a la Argentina el 24 de agosto de 1939 y de inmediato se sumergió en la vorágine del Torneo de las Naciones que se disputaba en ese momento en Buenos Aires. El 13 de septiembre, mientras Frampol era bombardeada por la Luftwaffe, le estaba ganando su partida a Ilmar Raud, un alemán, tal vez un nazi, o no, vaya uno a saber. La mínima revancha de Miguel era nada si se la compara con la destrucción de Frampol. Algunos de los muertos eran sus primos. Poco tiempo después toda la familia de don Miguel murió en los campos de Auschwitz o Dachau. Despejé de mi mente cualquier intrusión ajena al problema. El 13 de septiembre de 1939 esa variante no existía, ni siquiera para su autor; ¿cómo la conocía mi abuelo?
La partida entre los dos viejos seguía desarrollándose dentro de los cánones de la más pura ortodoxia. Por lo visto ambos jugaban tanto o mejor que yo. En un momento el viejo, tras hacer una jugada sólida, alzó la vista y me miró a los ojos. —Hay que consolidar la posición —dijo. Hay que consolidar la posición, repetí para mí; no hay que arriesgar, no hay que ser audaz: hay que consolidar la posición. ¿Significaba eso lo que yo suponía?
La partida se hundió en el tiempo. Mi casa se hundió en el pasado. La jugada que el viejo debería haber hecho, volando el centro negro, era la versión a escala del bombardeo “de práctica” efectuado por la Luftwaffe sobre Frampol. La jugada que hizo, consolidando la posición, operaba como un lazo que unía a Frampol con Buenos Aires, 1939 con el presente. El pueblo en el que vivía mi abuelo fue omitido porque los aviones, aún volando a baja velocidad, no podían verlo. De nada sirvió que la plaza central del pueblo fuera un punto de orientación ideal para las tripulaciones; no había plaza, no había pueblo. Puedo imaginar la expresión de incredulidad de los pilotos, pero en realidad no me importa. 
Tampoco importaba ya la posición de la partida que disputaban el viejo que yo había rescatado de una guerra y mi abuelo, rescatado de otra por fuerzas que no entendía, pero que sin lugar a dudas operaban con toda efectividad. ¿Preferirían llamarlo magia? Yo no; soy una persona que no cree en esas tonterías. No obstante, estaba perfectamente claro que mientras los dos viejos siguieran jugando al ajedrez el puente entre el presente y el pasado no se rompería.
Les hice una seña para que siguieran tranquilos. Dos, cien, un millón de partidas. No tenía el menor apuro. Fui a la cocina y empecé a preparar el té. Verifiqué que hubiera limones (los polacos toman el té con mucho limón) y pensé cómo le gustaría al otro viejo. Lamenté no tener el samovar que una tía se empeñó en regalarme y yo rechacé por considerarlo un trasto ridículo.

30 nov 2010

El club de las diez y diez

Tal vez usted nunca prestó atención a la publicidad de los relojes, pero el caso es que todos marcan la misma hora
Nadie ha podido dar una explicación convincente de porqué los relojes, en los avisos, están siempre marcando las diez y diez.
Tampoco se sabe cuándo, ni dónde, ni porqué acordaron los relojeros acomodar las manecillas en esa posición tan particular.
El hecho que TODOS los relojeros del mundo se hayan puesto de acuerdo nos hace pensar, o más bien sospechar, de algún pacto entre ellos.
Pero ¿cuál es la razón oculta de este acuerdo?
Planteamos más preguntas:
¿Porqué los suizos, que son maestros en relojería, no fueron atacados en la II guerra mundial?
Los expertos, evasivamente opinan que esa posición de las manecillas permite destacar la marca del reloj, lo cual no es enteramente cierto.





Cuando el diseñador Franklyn Hernández fue requerido para hablar de este tema sugirió que en la figura de las diez y diez se dibuja una sonrisa que pretende seducir al comprador.
Un relojero novato, que se atrevió a mostrar su producto marcando las 8 y 20, no pudo vender ninguno. Esta transgresión lo llevó a la quiebra y su cadáver apareció flotando en el lago Leman con signos de suicidio. La policía suiza cerró el caso con inusitada rapidez, prestando poca atención a las fotografías del cuerpo desnudo que mostraban dos heridas mortales, sobre el pecho, formando un ángulo obtuso.
Las diez y diez.
Si la primera herida del suicida fue mortal, ¿quién provocó la segunda?
Este hecho despertó el interés del criptólogo de la OIJ, Luis Midence, quien se aprovechó de un viaje de capacitación a Ginebra para revisar los archivos de la abadía cistercense de Saint Gall. Allí encontró una extraña referencia a dos hermanos de apellido Diez, sefardíes que residían en Suiza cuando decidieron embarcarse a Costa Rica donde abrieron una relojería en la Villa de la Boca del Monte, futura San José, en la que posteriormente fue la avenida San Martín. El negocio se llamó Diez hermanos, lo que demuestra su engañosa actitud, ya que en realidad eran dos.
Cuenta la tradición oral del barrio que los hermanos, conocidos como Diez y Diez, recibían misteriosos visitantes, llegados del viejo mundo, con los que se reunían hasta altas horas de la noche. Después, estos se subían a las carretas que los transportaban a Limón y desaparecían en veloces veleros.
Luis Midence, el criptólogo, no supo descifrar el enigma que relacionaba a los hermanos Diez con la conexión suiza y el extraño suicidio de quien se había atrevido a invertir la imagen de la crucifixión.
Durante años estuvo obsesionado con el misterio y, cada vez que las agujas de su reloj marcaban las diez y diez, un estremecimiento automático recorría su cuerpo en una extraña mezcla de hora biológica, neurológica y psicológica.
Cosa parecida le sucedía cuando abría las revistas y en sus páginas aparecía la publicidad de un reloj, de cualquier marca, que desde las diez y diez le recordaba la hora de llegar al fondo del asunto.
Con la aparición de Internet pensó que sería más fácil vincularse con sitios que se ocuparan del tema, o se podría contactar con gente que, como él, se preocupaba por este asunto.
Una vez, chateando con un colega suizo con el que había desarrollado una pequeña amistad, este dejó caer una extraña pregunta:
-          ¿En qué paralelo vive usted?
Midence no supo contestarle en ese momento y quedó en averiguar la información.
Su sorpresa fue grande cuando supo que estaba en el paralelo 10.
Este sugestivo dato geográfico lo llevó a revisar otra vez la documentación que tenía, para descubrir algún indicio que se le hubiera pasado por alto anteriormente.
Ningún vestigio quedaba de los hermanos Diez que no habían dejado descendencia y, más bien, habían desaparecido del barrio de un día para otro, quedando abandonada la relojería de la avenida San Martín, la que luego fue remodelada por gente extranjera.
Una mañana, recorriendo esa avenida, Luis Midence descubrió que llevaba el número diez y, en un súbito acto de iluminación, corrió frenéticamente hasta el cruce con la calle diez.
Así llegó a las diez con diez, donde habían vivido los hermanos Diez.
Estaba parado exactamente en el paralelo 10, en la esquina de la avenida 10 con la calle 10, frente a una casa de altos con fachada de madera en cuya puerta había un pequeño cartel premonitorio que rezaba misteriosamente: “Llegó la hora”. Algún gracioso había agregado “del almuerzo”.
Midence se informó, en la bomba La Castellana, sobre las actividades desarrolladas en ese edificio pero nadie le supo dar razón ya que el movimiento de gente se efectuaba después de medianoche.
Solamente los días 10 de octubre se veía entrar y salir hombres de traje oscuro y, a media mañana, se escuchaban gritos y lamentos. Exactamente a las diez y diez.
Un temor súbito invadió a Luis Midence y, desde ese entonces, procuró evitar esa esquina.
Con un ambigüo correo electrónico se despidió de su amigo suizo que, de alguna manera, le había sugerido la pista del enigma, quién sabe con qué oscuras intenciones. Probó un reloj con números romanos, pero a la hora señalada un incómodo estremecimiento le recorría el cuerpo, más doloroso que con los carátulas arábigas. Entonces descubrió que en esos relojes el número IV romano se representaba IIII lo que profundizó su certeza sobre un pacto diabólico.
Ya vencido por la incertidumbre y decidido en acabar con esa pesadilla, tomó la decisión que siempre había querido evitar: se compró un reloj digital.

Jorge Grané

18 nov 2010

Si me dan a elegir

Si me dan a elegir, elijo un viernes
a la hora que las sombras se alargan
áspera piel de la naturaleza
pleno otoño
y como dice Borges
"cielo hasta decir basta".
Que sea de repente,
con un tímido anuncio
apenas
para derramar unos silencios,
esos que no encontraron oídos.
Deseo que el camino se prolongue
que pisadas flamantes lo bifurquen
no cuentan más los míos que otros pasos
pero mi vanidad (triste defecto)
salta del equipaje
resistiéndose a la despedida.
Que sea en una esquina de mi patio
tomando vino tinto Don William
"...feliz de mí, que amando soy amado
y ni cambiar, ni ser cambiado puedo".
Algo para agregar
elijo un sueño
ninguno en especial,
no importa que el instante
me despegue soñando
aún más
preferiría llevármelo
apretado en el puño
y sólo por las dudas
de que en aquél espacio
no haya cosas creadas.
Si me dan a elegir, elijo un viernes.

Ana María López Romano

17 nov 2010

Accidente pictórico – Sergio Gaut vel Hartman



Era el único ladrón de cuadros auténtico, el único verdadero, capaz de meterse en las grandes obras para robar faisanes, mandolinas, cartas y hasta sonrisas. Lo malo es que pocas veces encontraba cosas valiosas y demasiadas se perdía en los desconcertantes paisajes de los cuadros de Dalí o Van Gogh, cuando no quedaba enganchado en las aristas de los Picassos o los Duchamps. Sin embargo, lo peor de todo ocurrió el día en que se le dio por meterse en un Kandinsky. Convertido en un punto sobre el plano, fue perseguido por una jauría de triángulos y rombos que le dieron alcance y lo devoraron sin piedad.


http://grupoheliconia.blogspot.com/2010/11/sergio-gaut-vel-hartman.html

14 nov 2010

POEMA


Quién escribe –qué escribe –qué posición adopta
su hombro izquierdo –su codo –su mano derecha.
La mente concibe cielos retorcidos –manteles como
maromas –inviernos como extensiones en blanco,
lenguas como delirios entre dientes –saludos como
huellas que se van adelgazando según el momento
del día en que se ha dicho buenos días –buenas tardes,
buenas noches. –Toda cosa concebida por la mente,
desaparece –Aparece –en cambio –lo que los sentidos,
uno a uno y en conjunto –presentan a la mesa
del intelecto para que selecciones los créditos
que permiten comprar –combinar –y desechar.
La autopsia corta el cuerpo en forma de “y griega”.
El oído no distingue la cisura de la muerte.
La mano anota un gesto de obediencia –una nota
de música clásica –el sabor del té hirviendo,
un corazón vacío de puentes –pero lleno de caminos
            que a ninguna parte conducen

Daniel Mastroberardino

20 oct 2010

HECHIZO

No sé qué hago dentro del sueño de este desconocido. Por qué camino por su mente. Él tampoco sabe quién soy, sólo que me sueña. Le digo cosas que no entiende, y lo inquieto. Yo me asombro de confesarle mis fantásticos secretos porque sólo a los elegidos está permitido revelárselos. ¿Será él uno de ellos?  ¿O será mi carcelero, ya que en vano intento soltarme de su fantasía?
Voy con un gato en los brazos, envuelta en túnicas. Pequeñas hogueras flotan en ese ámbito fantasmal donde me muevo. Soy un sueño y simultáneamente una realidad incomprensible. Soy el soplo del inconsciente ajeno y de la conciencia del Todo; algo intangible que camina por senderos etéreos. Sé que poseo el conocimiento pero no puedo trasmitirlo. Sé que soy una enviada que perdió la memoria de su misión. Él sí sabe cuál es, y en sus vasijas de colores ubica cada idea en un receptáculo diferente.
¿Dónde me lleva este hombre? ¿Acaso camina despierto conmigo dormida en la mochila de sus sueños?
Mi gato se acurruca en mi seno como si no quisiera advertir el peligro, lo siento vibrar con el pelambre erizado. Los andenes por donde ahora marchamos están habitados por felinos de todos los tamaños y colores. Bellos ejemplares de pelo lustroso donde destella un verdor que parece de otro mundo, del mundo del soñante. Él se mueve bien en estas perspectivas de rieles solitarios y luces lejanas, hay entradas de luz o salidas definitivas, sin retornos. Tal vez sean túneles de despedida, aquellos donde las almas deben llegar si quieren desprenderse de este mundo. Es el transbordo, la hora de dejar la resaca en la tierra y tomar el tren a las alturas, libre de equipaje; sin cuerpo ni halagos, sin mezquindades. Espíritu puro.



De pronto los descubro tras las brumas de la estación, en el falso humo de locomotoras que ya no existen, echando volutas de ayer entre sepias neblinosos con oscuras vestimentas del pasado; y aún así, procurando brillar en flashes de una época extinta. De este modo pulula la cohorte de fantasmas. Hay rasgos etéreos que me llevan al ensamble de historias: los ojos de mirada oscura, la tristeza, algo de partir sin saber dónde arribar, el desencanto de no haber logrado lo pretendido. Se sientan en los bancos de los andenes vacíos, esperan un tren que ya pasó, circulan entre la nada, aspiran un aire que ya no les pertenece, se asombran de un presente dentro del cual no tienen cabida, ni comprenden.
El gato, espantado, salta de mis brazos dejando trazas carmesí sobre mi piel. Se junta con sus congéneres. Quién mejor que ellos para detectar los mudos chillidos de los muertos. Ese aferrarse a la memoria de los vivos para continuar experimentando algún sentimiento, retener los espejismos, creer que todo continúa y esperanzarse en que aún tienen otra chance. Chance de cambiar el pasado, de modificar la historia, de cumplir lo incumplido, de torcer los rumbos erróneos.
El desconocido me toma de la cintura, me habla al oído, siento que desde la planta de los pies me sube el deseo, uno que no corresponde a los sueños sino a la realidad más palmaria. Manos y piel, brazos y espalda, piernas y caderas, lubricidad que se difunde, olas de placer estallando en el murallón de mi enajenamiento. Maravillosa conmoción que me hace soñar dentro del sueño.
Pero ellos… Ellos nos observan desde las cuencas vacías, se recrean maquiavélicamente con mi goce; las caras difusas esbozan sonrisas torvas. Siento miedo, y ese miedo multiplica la fruición, acelera el ritmo de las embestidas a las que soy sometida, cada vez más profundas, más exaltadas. Quiero huir y más me aprieto al hombre, que de pronto me entrega. Son ellos ahora quienes me disfrutan, uno a uno. Noto las variantes, el erotismo, la lascivia, la ferocidad, el castigo. Ir y venir que no cesa, royéndome, lacerándome. Mordeduras, arañazos, a todo soy sojuzgada. Me roban entre alaridos, gruñidos y jadeos. Soy su objeto, la mártir que entregó el desconocido para tener acceso a las tinieblas; el pago estipulado. Así moriré, vejada, herida, desmembrada en una solitaria estación de trenes.
Los gatos me observan, me lamen, son quienes velan mi muerte. Como guardianes, impedirán que otros se acerquen; cuidan su alimento. Aguzan sus dientes, afilan las uñas de sus zarpas, en las pupilas cortantes hay un fulgor extraordinario. Pasean ronroneantes palpando mis flancos. Olfatean y…
Me siento en la cama de un salto. No sé qué soñé para estar tan agitada, llena de sudor y de arañazos. No hay una porción de mi cuerpo que no duela. Tomo un sorbo de agua, apoyo mi cabeza en la almohada, lentamente recobro la serenidad, se apacigua mi respiración, la conciencia se torna borrosa… Voy con un gato en los brazos, envuelta en túnicas…


Cristina Stoppello

De libro – Betina Goransky & Sergio Gaut vel Hartman

La admisora de la obra social que me deriva pacientes de la zona de Olivos está más loca que un plumero o por lo menos bastante perturbada, ya que todos los últimos casos que me envió parecían sacados de la página 301 del DSM IV. La cosa empezó con la señora Salinas, una mujer de unos sesenta años, que se vestía toda de negro, con pañuelo en la cabeza incluido como la bruja del cuento de Blancanieves, una depresiva tan típica que no se podía creer. Ana Lopresti, la del miércoles, era una maníaca a la que le temblaba todo el cuerpo y miraba demasiado hacia al balcón. ¿Estaría pensando en tirarse? Por las dudas dejé marcado el número de emergencias en el celular. El caso del perverso señor Ordoñez, que portaba una Biblia en el morral y se levantaba pendejos por avenida Santa Fe era aún más evidente y típico. Pero el colmo fue un joven de treinta años, Héctor Anera. Tardamos veinte minutos para llegar al consultorio por culpa de todos los rituales que tuvo que cumplir. Paso a describirlos: hizo cuatro series de poner el pie derecho para adelante y para atrás, antes de entrar al ascensor, y luego otra igual del izquierdo. Se tomó otros cinco minutos para cerrar la puerta con el codo, sin permitir que yo lo ayudara, de puro caballero. Coronó el asunto cuando, ya en el consultorio se encontró con los portarretratos de mis nietos boca abajo, simplemente porque yo los había dejado así después de limpiarlos y antes de volverlos a ubicar en su sitio. El resto de la sesión la empleé tratando de explicarle que aquello no traía mala suerte y que no se iba a morir de muerte súbita si no cumplía esos pasos rigurosamente. Ni siquiera pude anotar sus datos personales en la ficha.





Cuando terminó la semana no pude evitar que me asaltaran fantasías de casos tradicionales y divertidos como el de la peluquera que tenía un amante rengo y lleno de acné con el que se encontraba en la escalera para tener sexo más adrenalínico o el de aquel joven que se enamoró de su compañero de trabajo porque le hablaba todo el tiempo de las películas de Bergman. También fantaseé con la admisora. La imaginé revisando el DSM IV y buscando, con obsesiva prolijidad, los casos que encajaban a la perfección con los descriptos en el libro para mandármelos sin falta. En esa fantasía estaba incluido el placer que le causaban mi perplejidad y mis deseos de estrangularla.
No obstante, ahora me carcome una duda. La cuarentona histérica que tengo frente a mí y presenta los rasgos justos descriptos en la página 298 del DSM IV, ¿no será la admisora disfrazada?

Tomado de http://brevesnotanbreves.blogspot.com/






http://grupoheliconia.blogspot.com/2010/11/betina-goransky.html


http://grupoheliconia.blogspot.com/2010/11/sergio-gaut-vel-hartman.html