Vladimir Nabolov: Sonidos (cuento inédito)
Un lugar donde volcar lo que sentimos, donde no importan las formas sino las entrelíneas. Una simple catarsis.
25 may 2011
Sonidos
Al irme me gritaste: "¡Date prisa!” Salí corriendo, no porque hubiera ninguna prisa, sino porque todo lo que me rodeaba corría: la iridiscencia de los arbustos, las sombras de las nubes sobre la húmeda hierba, las violáceas flores que se escabullían en una hondonada para salvar la vida antes del azote del segador.”
24 may 2011
Madame Bovary
...Caían las sombras de la tarde, el sol horizontal que pasaba entre las ramas le deslumbraba los ojos. Por un lado y por otro, en torno a ella, en las hojas o en el suelo, temblaban unas manchas luminosas, como si unos colibríes al volar hubiesen esparcido sus plumas. El silencio era total; algo suave parecía salir de los árboles; Emma se sentía el corazón, cuyos latidos recomenzaban, y la sangre que corría por su carne como un río de leche. Entonces oyó a lo lejos, más allá del bosque, sobre las otras colinas, un grito vago y prolongado, una voz que se perdía y ella la escuchaba en silencio, mezclándose como una música a las últimas vibraciones de sus nervios alterados.
Gustave Flaubert
22 may 2011
Sugerencia
Les sugiero que sigan el blog "Entelequias" http://poemassentidos2.blogspot.com/
Hermosas poesías, fotos, música.
Hermosas poesías, fotos, música.
20 may 2011
Como en casa
Era negra y esbelta, con un matorral de pelo atado en la coronilla que la hacía más alta. Llamaba la atención y necesariamente tenía que ser protagonista; frente a las cámaras, frente a toda mirada, en particular frente a los comensales de esa mesa, rubios con ojos de mar la mayoría, y los que no, con la piel apenas cobriza. Eran sus amigos locales que se admiraban de conocerla y contemplaban absortos el bailoteo de sus dedos largos sobre la mesa de mármol blanco.
Su voz, dulce y melodiosa, acallaba el eco profundo de tambores ancestrales que rodaban por la sierra hasta la estepa verde, en tiempos de lluvia, con un riacho que convocaba felinos amarillos, cuadrúpedos leves y animales tubulares con y sin patas. Allí cada especie jugaba su supervivencia. Como ella ahora, frente a los empresarios que le presentaban sus familias afables, felices, para que se sintiera como en su casa y confiara.
Entonces ella entornó sus párpados, para que miraran sus ancestros. Vieron gacelas alertas a sus movimientos. Vieron planear un buitre. Vieron carnívoros al acecho.
Ellos no comprendieron su repentina fuga. -Cosa de negros-, dijo alguno.
Alberto Zimmermann
Abril 2011
5 may 2011
El Conejo
Yo era muy joven en la década del ´60, y se me había ocurrido vivir en un barrio muy raro, de casas quintas, con buenos vecinos, sin divisiones entre propiedades y cada uno con su excentricidad a cuestas. Éramos todos los vecinos amantes de los animales, yo con mis gatos siameses, mi amigo y vecino Pablo con su perra dogo argentina, llamada Pola, pero el más excéntrico era Willy, personaje raro, y que tenía una exagerada dedicación a su conejo. Con Pablo solíamos comentar las rarezas de Willy, quien por otro lado era una persona muy pulcra y correcta, y que no se metía con nadie: volvía a las tardes a su casita, abría todas las puertas y ventanas y allí lo veíamos atender a sus cosas, charlando todo el tiempo con su conejo.
Un día, a media mañana, vino Pablo a casa desolado. Hacía unos minutos había aparecido Pola, portando en su hocico el cadáver sucio y maltrecho del conejo de Willy.
-¿Qué hago? Me preguntó Pablo, absolutamente descolocado.
Deliberamos un rato y decidimos limpiar como pudiéramos al conejo, devolverlo a su jaulón y dejar que Willy lo encontrara muerto a su regreso.
Nos llevó un buen rato lavarlo con shampoo, secarlo con un secador de pelo y devolverle un aspecto mas o menos creíble de conejo muerto de muerte natural. Lo pusimos en su jaulón y esperamos con ansiedad el regreso de Willy.
Pasadas las seis de la tarde, como de costumbre, Willy volvió, abrió toda la casa, pero no prendió luz alguna. Pasado un rato, nos acercamos, intrigados por el desenlace y vimos un espectáculo sorprendente: el jaulón intacto, con el conejo adentro tal como lo habíamos dejado, y a Willy sentado enfrente, meciéndose levemente hacia delante y hacia atrás, repitiendo como una letanía: “esto es un mensaje….es un mensaje…”
Con Pablo le preguntamos -¿Qué pasó, Willy?-. Saliendo de su ensimismamiento, volvió brevemente hacia nosotros su mirada, y nos dijo:
-No sé que paso…, anoche se murió mi conejo y esta mañana muy temprano lo enterré en el fondo. Cuando vuelvo me lo encuentro en su jaula, como dormido, y no sé cómo sucedió, ni que significa todo esto…-
Después de unas rápidas palabras de circunstancias, nos alejamos lo más pronto posible. Nunca le confesamos que era nuestra culpa, que habíamos creído que Pola era una asesina de conejos y no que simplemente había seguido su instinto ante una presa enterrada.
Emilio Enrique Menvielle
4 may 2011
PUNTO VACÍO
Leila se sienta a la mesa, fija la vista en el plato de sopa que despide un humito gris, posa las manos sobre el mantel.
La silla vacía, a su izquierda --justo frente a Reinaldo--, marca una ausencia. Su cuerpo se niega a moverse, a tomar la cuchara, llevarla a la boca, y así paliar esa sed de soledad y de pena.
Nadie menciona el hecho, hablan de cualquier cosa negando el hueco disonante. Todos comen, menos Leila, que permanece muda y tiesa y recuerda que se despertó soñándola. Saltó en la cama tras la pesadilla y no logró volver a dormir, sólo pudo recrearse en lo soñado.
Los sonidos se potencian en sus oídos. A su derecha, el agua cae en la copa de Inés, y parece el rumor de aquel río que ninguno quiere recordar, como lo recuerda ella mientras el zumbido del entorno la fastidia y la sopa ya no suelta humo.
El perro se acuesta a sus pies; lo hace cada vez que Leila cae en el barranco del desánimo. Aunque el mantel de la gran mesa le cubre el cuerpo peludo y dorado, ella sabe que la está mirando como no mira ningún humano. En la sinceridad de los ojos del animal hay un diálogo oculto, y es ahí, en ese diálogo privado, donde se desentraña lo que sólo ellos dos saben.
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