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30 nov. 2010

El club de las diez y diez

Tal vez usted nunca prestó atención a la publicidad de los relojes, pero el caso es que todos marcan la misma hora
Nadie ha podido dar una explicación convincente de porqué los relojes, en los avisos, están siempre marcando las diez y diez.
Tampoco se sabe cuándo, ni dónde, ni porqué acordaron los relojeros acomodar las manecillas en esa posición tan particular.
El hecho que TODOS los relojeros del mundo se hayan puesto de acuerdo nos hace pensar, o más bien sospechar, de algún pacto entre ellos.
Pero ¿cuál es la razón oculta de este acuerdo?
Planteamos más preguntas:
¿Porqué los suizos, que son maestros en relojería, no fueron atacados en la II guerra mundial?
Los expertos, evasivamente opinan que esa posición de las manecillas permite destacar la marca del reloj, lo cual no es enteramente cierto.





Cuando el diseñador Franklyn Hernández fue requerido para hablar de este tema sugirió que en la figura de las diez y diez se dibuja una sonrisa que pretende seducir al comprador.
Un relojero novato, que se atrevió a mostrar su producto marcando las 8 y 20, no pudo vender ninguno. Esta transgresión lo llevó a la quiebra y su cadáver apareció flotando en el lago Leman con signos de suicidio. La policía suiza cerró el caso con inusitada rapidez, prestando poca atención a las fotografías del cuerpo desnudo que mostraban dos heridas mortales, sobre el pecho, formando un ángulo obtuso.
Las diez y diez.
Si la primera herida del suicida fue mortal, ¿quién provocó la segunda?
Este hecho despertó el interés del criptólogo de la OIJ, Luis Midence, quien se aprovechó de un viaje de capacitación a Ginebra para revisar los archivos de la abadía cistercense de Saint Gall. Allí encontró una extraña referencia a dos hermanos de apellido Diez, sefardíes que residían en Suiza cuando decidieron embarcarse a Costa Rica donde abrieron una relojería en la Villa de la Boca del Monte, futura San José, en la que posteriormente fue la avenida San Martín. El negocio se llamó Diez hermanos, lo que demuestra su engañosa actitud, ya que en realidad eran dos.
Cuenta la tradición oral del barrio que los hermanos, conocidos como Diez y Diez, recibían misteriosos visitantes, llegados del viejo mundo, con los que se reunían hasta altas horas de la noche. Después, estos se subían a las carretas que los transportaban a Limón y desaparecían en veloces veleros.
Luis Midence, el criptólogo, no supo descifrar el enigma que relacionaba a los hermanos Diez con la conexión suiza y el extraño suicidio de quien se había atrevido a invertir la imagen de la crucifixión.
Durante años estuvo obsesionado con el misterio y, cada vez que las agujas de su reloj marcaban las diez y diez, un estremecimiento automático recorría su cuerpo en una extraña mezcla de hora biológica, neurológica y psicológica.
Cosa parecida le sucedía cuando abría las revistas y en sus páginas aparecía la publicidad de un reloj, de cualquier marca, que desde las diez y diez le recordaba la hora de llegar al fondo del asunto.
Con la aparición de Internet pensó que sería más fácil vincularse con sitios que se ocuparan del tema, o se podría contactar con gente que, como él, se preocupaba por este asunto.
Una vez, chateando con un colega suizo con el que había desarrollado una pequeña amistad, este dejó caer una extraña pregunta:
-          ¿En qué paralelo vive usted?
Midence no supo contestarle en ese momento y quedó en averiguar la información.
Su sorpresa fue grande cuando supo que estaba en el paralelo 10.
Este sugestivo dato geográfico lo llevó a revisar otra vez la documentación que tenía, para descubrir algún indicio que se le hubiera pasado por alto anteriormente.
Ningún vestigio quedaba de los hermanos Diez que no habían dejado descendencia y, más bien, habían desaparecido del barrio de un día para otro, quedando abandonada la relojería de la avenida San Martín, la que luego fue remodelada por gente extranjera.
Una mañana, recorriendo esa avenida, Luis Midence descubrió que llevaba el número diez y, en un súbito acto de iluminación, corrió frenéticamente hasta el cruce con la calle diez.
Así llegó a las diez con diez, donde habían vivido los hermanos Diez.
Estaba parado exactamente en el paralelo 10, en la esquina de la avenida 10 con la calle 10, frente a una casa de altos con fachada de madera en cuya puerta había un pequeño cartel premonitorio que rezaba misteriosamente: “Llegó la hora”. Algún gracioso había agregado “del almuerzo”.
Midence se informó, en la bomba La Castellana, sobre las actividades desarrolladas en ese edificio pero nadie le supo dar razón ya que el movimiento de gente se efectuaba después de medianoche.
Solamente los días 10 de octubre se veía entrar y salir hombres de traje oscuro y, a media mañana, se escuchaban gritos y lamentos. Exactamente a las diez y diez.
Un temor súbito invadió a Luis Midence y, desde ese entonces, procuró evitar esa esquina.
Con un ambigüo correo electrónico se despidió de su amigo suizo que, de alguna manera, le había sugerido la pista del enigma, quién sabe con qué oscuras intenciones. Probó un reloj con números romanos, pero a la hora señalada un incómodo estremecimiento le recorría el cuerpo, más doloroso que con los carátulas arábigas. Entonces descubrió que en esos relojes el número IV romano se representaba IIII lo que profundizó su certeza sobre un pacto diabólico.
Ya vencido por la incertidumbre y decidido en acabar con esa pesadilla, tomó la decisión que siempre había querido evitar: se compró un reloj digital.

Jorge Grané