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18 dic. 2010

Oktopode

Su pelo rizado se electriza aún más al acercárseme; es rojo como sangre coagulada y bordea la blancura de su rostro como las serpientes la cara de Medusa. Tiende su mano para que le dé la mía, no puedo rechazarla aunque sepa que en ese gesto va la muerte misma. En mi palma deposita algo aterrador mientras sus ojos no se apartan de los míos. Siento el avanzar de patas espesas, los quelíceros clavándose en mi carne. Me desfiguro. Trepo. De mis dedos van surgiendo hilos de seda que brillan en la fantástica hechura de mallas circulares. Luego de mi cometido, capturada la presa, me descuelgo en agraciado equilibrio. Desde su cama, Franz me observa con atención.
Xna

17 dic. 2010

ATREVERSE

Patricia Kieffer



Amanecía. El discípulo y el maestro estaban al pie de una montaña.
El maestro era de pocas palabras y no solía dar explicaciones. Tomó un pañuelo y vendó los ojos del muchacho. Luego lo guió ladera arriba. Al cabo de un tiempo, se detuvieron.
—Escucha Fang —dijo el anciano—: hoy deberás pasar una importante prueba. Frente a ti hay una tabla de madera de cinco metros de largo. Párate sobre ella y extiende los brazos a los lados.
El joven lo hizo y se detuvo a esperar nuevas instrucciones.
—Camina en esa posición hasta llegar al final del tablón. A tu alrededor hay un colchón de hierba tapizada de pequeñas flores. No debes pisarlas, así que cuida el equilibrio para no caer. Hazlo ya.
Fang comenzó a avanzar por la delgada tabla que cedía bajo su peso. En minutos, el sensible tacto de sus pies le indicó que había llegado al final del recorrido.
—¡Bien muchacho! Has logrado superar la primera parte. Ahora escucha con atención: gira en el mismo lugar y sácate la venda de los ojos.
Cuando Fang abrió los ojos sintió el más terrible miedo de su corta vida. Bajo sus pies, el mundo se hundía en un  profundo precipicio de piedras afiladas. Al otro lado, el maestro lo observaba con una amplia sonrisa en su rostro. Entre ambos se extendía una delgada tabla de bambú... ¡sobre la cual acababa de cruzar el abismo!  El asombro se transformó en incredulidad y desesperación. La voz del maestro lo hizo reaccionar:
—Lo has logrado una vez ¡Puedes hacerlo nuevamente! Ven.
—Maestro... Yo... ¡No puedo! ¡Caeré al vacío!... No puedo cruzar...

14 dic. 2010

El Milico



Muchos años mas tarde, cuando era Agrimensor y estaba por jubilarse, aún lo llamábamos El Milico. Tomás Melín era un buen tipo, compañero de truco en las tardecitas del Club, y a veces nos contaba cosas de la Patagonia de principios de los ´50. Tomás era de origen puntano, y como muchos muchachos pobres y con inquietudes de las provincias del Norte, había conseguido un puesto en la Policía del entonces Territorio Nacional del Chubut, y lo habían asignado como Escribiente a la Comisaría de Esquel. Tenía entonces poco más de 20 años, era despierto y trabajador, y en ese cargo le sobraba tiempo para estudiar. Y de allí provenían las anécdotas que solía contar cuando venían al caso para ejemplificar algo.

Precisamente una tarde, hablando de impunidad o castigo, nos contó una historia que aún lo mantenía perplejo: su superior un día lo había llamado porque una mujer, esposa del agente del Destacamento Cushamen, decía que a su marido lo habían matado, y a ella no le llegaba la pensión. Cushamen era una colonia indígena, empobrecida por el mal manejo y las excesivas subdivisiones de las parcelas, habitada por un conjunto de familias mapuches, totalmente indigentes. Una escuela, un boliche y el destacamento policial eran las estructuras sociales que relacionaban a esa comunidad, perdida de la mano de Dios, al mundo civilizado. El destacamento policial estaba a cargo del Sargento Aniceto Sosa, hombre de pocas palabras, venido del Sur, de San Julián, y acostumbrado a la vida ruda y primitiva de la Patagonia. Lo ayudaba el Agente Juan Chacay, ahora el supuesto difunto, y entre ambos tenían a su cargo la seguridad de un territorio demasiado amplio y pobre.

El Jefe de Tomás lo anotició de la denuncia, y le encargó que fuera a Cushamen a aclarar lo sucedido. Partió entonces, a cubrir las casi 30 leguas de a caballo en dos jornadas. Primero se presentó en el Destacamento, le explicó a Sosa su misión, y le pidió que le contara lo sucedido. Sosa le dijo que él estaba convencido de que todo era un mal entendido, que para él simplemente Chacay se había mandado a mudar, cansado de su situación familiar, y que probablemente hubiera partido a Chos Malal, su lugar de origen, unas 60 leguas al norte, en el Neuquén.

A continuación visitó a la mujer, que vivía sola en su rancho, bastante alejado del Destacamento y del boliche. Ella le contó una historia totalmente diferente: a mediados de Junio, su marido había tratado de parar una pelea de borrachos en el boliche de Maluf, y había recibido un tiro que le causó la muerte poco después. Sabía quiénes habían estado presentes, entre quiénes había sido la pelea, y quién fue el que disparó. Pero desde entonces habían pasado más de seis meses, y ella no recibía ninguna pensión.

Volvió entonces Tomás a hablar con Sosa, quien le dijo que lo de la pelea era cierto, pero que José solo había recibido un tiro de refilón en un brazo, y que lo había vendado él personalmente con el botiquín del Destacamento. A su vez Maluf, con cara de no querer ganarse resentimientos, declaró muy parcamente, confirmando que cuando José se fue del boliche estaba vivo.

Con esas declaraciones volvió Tomás a Esquel, sin tener una solución cierta para su caso. Sin embargo, el problema no lo dejaba tranquilo. Volvió sobre las escasas declaraciones, sintiendo que algo no cerraba bien, revisó los expedientes tanto de Sosa como de José Chacay, y de pronto se le hizo la luz: le contó su teoría a su Jefe, quien de inmediato lo mandó nuevamente a Cushamen, esta vez acompañado.

En cuanto llegó, le hizo saber a Sosa que estaba sospechado del homicidio de José Chacay. Sosa, poco hábil en declarar, se fue enredando en sus propias mentiras, hasta que confesó: José había muerto poco después de salir del boliche, y nadie salvo Sosa lo sabía. Así las cosas, decidió deshacerse del cadáver, no denunciar la muerte, y apropiarse de los sueldos del Agente, que sin duda seguirían llegando. Lo que nunca esperó era que la viuda, empujada por la necesidad, se fuera hasta Esquel a hacer el reclamo.

A esa altura de la historia, nuestra curiosidad por saber cómo había deducido Tomás la realidad de los hechos, era mayúscula. Se lo preguntamos, y nos dijo que había sido muy simple, solamente había que conocer las costumbres de la zona. Sucede que en la meseta patagónica, los caballos enflaquecen mucho en los inviernos, y no pueden emprender viajes largos, de allí que pensó que el argumento de Sosa era una mentira para distraer su atención. Sin embargo, cuando revisó los legajos, se encontró con que José había cobrado puntualmente sus sueldos hasta Octubre, un mes antes de la denuncia de la viuda. Y cuando declararon Sosa, la viuda y el bolichero, los tres coincidieron en que la pelea había sido en Junio. Entonces, de todos los involucrados, solo Sosa tenía una declaración que no se correspondía con los datos, ya que como superior inmediato, era el responsable de pagarle y llenar el recibo. Solo quedaba obtener la prueba del delito, pero a esa altura del procedimiento Sosa, completamente entregado, simplemente les alcanzó un frasco en el que, sumergido en alcohol, estaba el pulgar mutilado de José Chacay, y que usara oportunamente para “firmar” los recibos de su subordinado, que era analfabeto. .

 Emilio Enrique Menvielle