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14 jun. 2011

Leyenda de J. L. Borges en el Elogio de la sombra

Abel y Caín se encontraron después de la muerte de Abel. Caminaban por el desierto y se reconocieron desde lejos, porque los dos eran muy altos. Los hermanos se sentaron en la tierra, hicieron un fuego y comieron. Guardaban silencio, a la manera de la gente cansada cuando declina el día. En el cielo asomaba alguna estrella, que aún no había recibido su nombre. A la luz de las llamas, Caín advirtió en la frente de Abel la marca de la piedra y dejó caer el pan que estaba por llevarse a la boca y pidió que le fuera perdonado su crimen.
Abel contestó:
-¿Tú me has matado o yo te he matado? Ya no recuerdo; aquí estamos juntos como antes.
-Ahora sé que en verdad me has perdonado -dijo Caín-, porque olvidar es perdonar. Yo trataré también de olvidar.
Abel dijo despacio:
-Así es. Mientras dura el remordimiento dura la culpa.

10 jun. 2011

Adiós a un testigo de la barbarie - Muere Semprún, memoria del siglo XX. El escritor fallece el 09/06/2011 en París a los 87 años - De exiliado a ministro de Cultura, fue deportado al campo de Buchenwald y expulsado del Partido Comunista por disidente 
Jorge Semprún murió en París. Tenía 87 años. Con él se pierde para siempre parte de los recuerdos del preso número 44.904, su matrícula en Buchenwald, el campo de concentración alemán en el que vivió deportado entre los 20 y los 22 años. Semprún construyó su obra literaria con los fragmentos de su propia memoria y en esa obra queda, pues, el recuerdo de una vida marcada a fuego por todas las barbaries modernas. No pudo ingresar en la Academia francesa porque fue comunista y español.
Se encontró solo frente a las escaleras caracol, rodeado de espejos, de luces y de sombras.
Y bajó, con los pies en el agua, las manos en el fuego, el pensamiento en blanco, y en negro.
Se miró la ropa, vio los jirones, los brillos, las ausencias.
Sintió en su pelo el frío del invierno y en su cuerpo el calor de la condenación.
Supo, sin saberlo, que estaba muerto y más vivo que nunca.
Supo, sabiéndolo, que jamás resucitaría aunque fuese un resucitado.
Miró las cascadas fluir desde las paredes.  Se creyó Poseidón, aunque fuera un pobre pez.
Nadó, se ahogó, buscó el aire en la tierra y el sol en los abismos.
Se transformó en mujer, en niño, en ángel.
Se hizo serpiente y manzana, inventó el pecado y lo comió, lo cometió, lo vomitó.
Fue santo en la hoguera, demonio en el trono del Poder.
Lamió la miel más pura y el acíbar más intolerable.
Fue cruz, clavo, judío, cristiano, todo y nada.
Es Uno y Trinidad, liturgia y sangre, pan y hambre.
Buscó a su madre, y descubrió que nunca fue parido.
Buscó a su padre, y se encontró a sí mismo.
Quiso ser huella, cicatriz, síntoma y seña, pero fue olvido.
Quiso ser lírico pero fue prosaico.
Es pura metáfora, invención y realidad.
Fe y agnosticismo.
Sueño.

CS

8 jun. 2011

El descenso


Una puerta como para pigmeos separaba lo anhelado de lo visto siempre. An era un grano de arena más frente al impertérrito Goliat que inmortalizado en Giza soportó tantas lunas y soles como el mismísimo dios.
Tuvo que hacerse bolita para atravesarla. Bajó el primer escalón rechinante y se tomó del improvisado barandal. Miró hacia atrás e hizo un gesto como de aceptación. Un escalón más. Delante de sí marchaba una tropilla fatigosa. Algunos exclamaban de asombro y otros gritaban por retornar a la luz. Pero para subir había que terminar el camino en bajada. La estrechez del canal hacía imposible la circulación en dos sentidos. An decía que en las profundidades algo esperaba por ella.
Al cuarto de camino un precario sistema eléctrico tomó la posta de la claridad del sol. El aire era cada vez más denso. Otro escalón más; otro. Comenzó a cantar una suerte de oración que se mezclaba con voces en ruso, alemán, inglés, árabe y español. No era posible entender qué decía pero se escuchaba la entonación melódica.
Medio camino abajo. An volvió a mirar para atrás. La diminuta entrada no se vio más. Solo una cadena humana informe la seguía. Como pudo tomó una botella de la pequeña mochila que pendía bajo de su tórax. Hizo un cuenco en la mano, volcó un poco de agua que sorbió y se refrescó la cara. Comenzó a sentir el sopor. Había poco oxígeno para tanto ganado en la manga. Quiso hacer un alto pero le fue imposible.  
Llevaba ya algo más de media hora ahí adentro. Era empujada por manos, piernas, torsos. Olía las respiraciones de esas bocas cada vez más abiertas que exhalaban un vaho pestilente. Agachada, con el techo del conducto pegado a su espalda, An siguió camino.
De pronto escuchó subir sin freno el grito de un español que había llegado. No volvió a mirar hacia atrás. No le importó qué tan lejos había quedado el mundo y lo asfixiante del ambiente. Trató de apresurar la marcha dirigiéndose a quienes estaban adelante. Preguntó, también a los gritos y excitada, qué era lo que se veía. Pero la horda babélica no respondió.
Otro escalón. Uno menos. Descendió acariciando el muro de bloques. Por un instante se recostó sobre ellos como buscando fundirse con la eternidad.
Último escalón. Por primera vez titubeó en bajarlo. Pero la masa que escoltó su descenso pareció empujarla a asumir un destino que aún no estaba escrito en ningún libro. Dado el paso, toda la antesala se metamorfoseó. La muchedumbre y la gradería se esfumaron y de las paredes brotaron algunas escrituras. Su rostro no reflejó expresión alguna. Con dificultad empezó a leer en voz alta uno de los textos del ala sur. Al continuar por los que estaban en el oeste, el despojado espacio se vio súbitamente ocupado por preciosos objetos. Los observó como reconociéndolos. Dejó caer su cuerpo en un sillón y se durmió.
Cuando despertó se dirigió a la cámara funeraria. Los millares de almas que pasaron por allí habían dejado un hálito de vida. Rodeó el sarcófago de granito negro recitando la oración del descenso. La luz artificial también desapareció.
Quizá las generaciones venideras puedan decir qué le sucedió a An luego de escuchar la voz que como un rugido nació del interior oscuro de una pirámide.

Carolina Menón

25 may. 2011

Sonidos

Al irme me gritaste: "¡Date prisa!” Salí corriendo, no porque hubiera ninguna prisa, sino porque todo lo que me rodeaba corría: la iridiscencia de los arbustos, las sombras de las nubes sobre la húmeda hierba, las violáceas flores que se escabullían en una hondonada para salvar la vida antes del azote del segador.”
Vladimir Nabolov: Sonidos (cuento inédito)

24 may. 2011

Madame Bovary

...Caían las sombras de la tarde, el sol horizontal que pasaba entre las ramas le deslumbraba los ojos. Por un lado y por otro, en torno a ella, en las hojas o en el suelo, temblaban unas manchas luminosas, como si unos colibríes al volar hubiesen esparcido sus plumas. El silencio era total; algo suave parecía salir de los árboles; Emma se sentía el corazón, cuyos latidos recomenzaban, y la sangre que corría por su carne como un río de leche. Entonces oyó a lo lejos, más allá del bosque, sobre las otras colinas, un grito vago y prolongado, una voz que se perdía y ella la escuchaba en silencio, mezclándose como una música a las últimas vibraciones de sus nervios alterados.

Gustave Flaubert
 
¿Por qué dar tanta importancia a un instante, si ya no habrá memoria, ya no habrá tampoco reparación?

Simone de Beauvoir
 

20 may. 2011

Como en casa

Era negra y esbelta, con un matorral de pelo atado en la coronilla que la hacía más alta. Llamaba la  atención y necesariamente tenía que ser protagonista; frente a las cámaras, frente a toda mirada, en particular frente a los comensales de esa mesa, rubios con ojos de mar la mayoría, y los que no, con la piel apenas cobriza. Eran sus amigos locales que se admiraban de conocerla y contemplaban absortos el bailoteo de sus dedos largos sobre la mesa de mármol blanco.
         Su voz, dulce y melodiosa, acallaba el eco profundo de tambores ancestrales que rodaban por la sierra hasta la estepa verde, en tiempos de lluvia, con un riacho que convocaba felinos amarillos, cuadrúpedos leves y animales tubulares con y sin patas. Allí cada especie jugaba su supervivencia. Como ella ahora, frente a los empresarios que le presentaban sus familias afables, felices, para que se sintiera como en su casa y confiara.
         Entonces ella entornó sus párpados, para que miraran sus ancestros. Vieron gacelas alertas a sus movimientos. Vieron planear un buitre. Vieron carnívoros al acecho.
Ellos no comprendieron su repentina fuga. -Cosa de negros-, dijo alguno.


Alberto Zimmermann
Abril 2011

5 may. 2011

El Conejo

Yo era muy joven en la década del ´60, y se me había ocurrido vivir en un barrio muy raro, de casas quintas, con buenos vecinos, sin divisiones entre propiedades y cada uno con su excentricidad a cuestas. Éramos todos los vecinos amantes de los animales, yo con mis gatos siameses, mi amigo y vecino Pablo con su perra dogo argentina, llamada Pola, pero el más excéntrico era Willy, personaje raro, y que tenía una exagerada dedicación a su conejo. Con Pablo solíamos comentar las rarezas de Willy, quien por otro lado era una persona muy pulcra y correcta, y que no se metía con nadie: volvía a las tardes a su casita, abría todas las puertas y ventanas y allí lo veíamos atender a sus cosas, charlando todo el tiempo con su conejo.

Un día, a media mañana, vino Pablo a casa desolado. Hacía unos minutos había aparecido Pola, portando en su hocico el cadáver sucio y maltrecho del conejo de Willy.
-¿Qué hago? Me preguntó Pablo, absolutamente descolocado.
Deliberamos un rato y decidimos limpiar como pudiéramos al conejo, devolverlo a su jaulón y dejar que Willy lo encontrara muerto a su regreso.
Nos llevó un buen rato lavarlo con shampoo, secarlo con un secador de pelo y devolverle un aspecto mas o menos creíble de conejo muerto de muerte natural. Lo pusimos en su jaulón y esperamos con ansiedad el regreso de Willy.

Pasadas las seis de la tarde, como de costumbre, Willy volvió, abrió toda la casa, pero no prendió luz alguna. Pasado un rato, nos acercamos, intrigados por el desenlace y vimos un espectáculo sorprendente: el jaulón intacto, con el conejo adentro tal como lo habíamos dejado, y a Willy sentado enfrente, meciéndose levemente hacia delante y hacia atrás, repitiendo como una letanía: “esto es un mensaje….es un mensaje…”

Con Pablo le preguntamos -¿Qué pasó, Willy?-. Saliendo de su ensimismamiento, volvió brevemente hacia nosotros su mirada, y nos dijo:
-No sé que paso…, anoche se murió mi conejo y esta mañana muy temprano lo enterré en el fondo. Cuando vuelvo me lo encuentro en su jaula, como dormido, y no sé cómo sucedió, ni que significa todo esto…-

Después de unas rápidas palabras de circunstancias, nos alejamos lo más pronto posible. Nunca le confesamos que era nuestra culpa, que habíamos creído que Pola era una asesina de conejos y no que simplemente había seguido su instinto ante una presa enterrada.  

 Emilio Enrique Menvielle

4 may. 2011

PUNTO VACÍO

Leila se sienta a la mesa, fija la vista en el plato de sopa que despide un humito gris, posa las manos sobre el mantel.
La silla vacía, a su izquierda --justo frente a Reinaldo--, marca una ausencia. Su cuerpo se niega a moverse, a tomar la cuchara, llevarla a la boca, y así paliar esa sed de soledad y de pena.
Nadie menciona el hecho, hablan de cualquier cosa negando el hueco disonante. Todos comen, menos Leila, que permanece muda y tiesa y recuerda que se despertó soñándola. Saltó en la cama tras la pesadilla y no logró volver a dormir, sólo pudo recrearse en lo soñado.
Los sonidos se potencian en sus oídos. A su derecha, el agua cae en la copa de Inés, y parece el rumor de aquel río que ninguno quiere recordar, como lo recuerda ella mientras el zumbido del entorno la fastidia y la sopa ya no suelta humo.
El perro se acuesta a sus pies; lo hace cada vez que Leila cae en el barranco del desánimo. Aunque el mantel de la gran mesa le cubre el cuerpo peludo y dorado, ella sabe que la está mirando como no mira ningún humano. En la sinceridad de los ojos del animal hay un diálogo oculto, y es ahí, en ese diálogo privado, donde se desentraña lo que sólo ellos dos saben.

Cursos

A partir de Mayo 2011, comienzan los cursos de escritura libre en: Buscando las Señales, taller Literario.
Días y horarios a convenir.
Informes e inscripción: stoppelloc@yahoo.com.ar - 15 6542 1972