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18 dic. 2010

Oktopode

Su pelo rizado se electriza aún más al acercárseme; es rojo como sangre coagulada y bordea la blancura de su rostro como las serpientes la cara de Medusa. Tiende su mano para que le dé la mía, no puedo rechazarla aunque sepa que en ese gesto va la muerte misma. En mi palma deposita algo aterrador mientras sus ojos no se apartan de los míos. Siento el avanzar de patas espesas, los quelíceros clavándose en mi carne. Me desfiguro. Trepo. De mis dedos van surgiendo hilos de seda que brillan en la fantástica hechura de mallas circulares. Luego de mi cometido, capturada la presa, me descuelgo en agraciado equilibrio. Desde su cama, Franz me observa con atención.
Xna

17 dic. 2010

ATREVERSE

Patricia Kieffer



Amanecía. El discípulo y el maestro estaban al pie de una montaña.
El maestro era de pocas palabras y no solía dar explicaciones. Tomó un pañuelo y vendó los ojos del muchacho. Luego lo guió ladera arriba. Al cabo de un tiempo, se detuvieron.
—Escucha Fang —dijo el anciano—: hoy deberás pasar una importante prueba. Frente a ti hay una tabla de madera de cinco metros de largo. Párate sobre ella y extiende los brazos a los lados.
El joven lo hizo y se detuvo a esperar nuevas instrucciones.
—Camina en esa posición hasta llegar al final del tablón. A tu alrededor hay un colchón de hierba tapizada de pequeñas flores. No debes pisarlas, así que cuida el equilibrio para no caer. Hazlo ya.
Fang comenzó a avanzar por la delgada tabla que cedía bajo su peso. En minutos, el sensible tacto de sus pies le indicó que había llegado al final del recorrido.
—¡Bien muchacho! Has logrado superar la primera parte. Ahora escucha con atención: gira en el mismo lugar y sácate la venda de los ojos.
Cuando Fang abrió los ojos sintió el más terrible miedo de su corta vida. Bajo sus pies, el mundo se hundía en un  profundo precipicio de piedras afiladas. Al otro lado, el maestro lo observaba con una amplia sonrisa en su rostro. Entre ambos se extendía una delgada tabla de bambú... ¡sobre la cual acababa de cruzar el abismo!  El asombro se transformó en incredulidad y desesperación. La voz del maestro lo hizo reaccionar:
—Lo has logrado una vez ¡Puedes hacerlo nuevamente! Ven.
—Maestro... Yo... ¡No puedo! ¡Caeré al vacío!... No puedo cruzar...

14 dic. 2010

El Milico



Muchos años mas tarde, cuando era Agrimensor y estaba por jubilarse, aún lo llamábamos El Milico. Tomás Melín era un buen tipo, compañero de truco en las tardecitas del Club, y a veces nos contaba cosas de la Patagonia de principios de los ´50. Tomás era de origen puntano, y como muchos muchachos pobres y con inquietudes de las provincias del Norte, había conseguido un puesto en la Policía del entonces Territorio Nacional del Chubut, y lo habían asignado como Escribiente a la Comisaría de Esquel. Tenía entonces poco más de 20 años, era despierto y trabajador, y en ese cargo le sobraba tiempo para estudiar. Y de allí provenían las anécdotas que solía contar cuando venían al caso para ejemplificar algo.

Precisamente una tarde, hablando de impunidad o castigo, nos contó una historia que aún lo mantenía perplejo: su superior un día lo había llamado porque una mujer, esposa del agente del Destacamento Cushamen, decía que a su marido lo habían matado, y a ella no le llegaba la pensión. Cushamen era una colonia indígena, empobrecida por el mal manejo y las excesivas subdivisiones de las parcelas, habitada por un conjunto de familias mapuches, totalmente indigentes. Una escuela, un boliche y el destacamento policial eran las estructuras sociales que relacionaban a esa comunidad, perdida de la mano de Dios, al mundo civilizado. El destacamento policial estaba a cargo del Sargento Aniceto Sosa, hombre de pocas palabras, venido del Sur, de San Julián, y acostumbrado a la vida ruda y primitiva de la Patagonia. Lo ayudaba el Agente Juan Chacay, ahora el supuesto difunto, y entre ambos tenían a su cargo la seguridad de un territorio demasiado amplio y pobre.

El Jefe de Tomás lo anotició de la denuncia, y le encargó que fuera a Cushamen a aclarar lo sucedido. Partió entonces, a cubrir las casi 30 leguas de a caballo en dos jornadas. Primero se presentó en el Destacamento, le explicó a Sosa su misión, y le pidió que le contara lo sucedido. Sosa le dijo que él estaba convencido de que todo era un mal entendido, que para él simplemente Chacay se había mandado a mudar, cansado de su situación familiar, y que probablemente hubiera partido a Chos Malal, su lugar de origen, unas 60 leguas al norte, en el Neuquén.

A continuación visitó a la mujer, que vivía sola en su rancho, bastante alejado del Destacamento y del boliche. Ella le contó una historia totalmente diferente: a mediados de Junio, su marido había tratado de parar una pelea de borrachos en el boliche de Maluf, y había recibido un tiro que le causó la muerte poco después. Sabía quiénes habían estado presentes, entre quiénes había sido la pelea, y quién fue el que disparó. Pero desde entonces habían pasado más de seis meses, y ella no recibía ninguna pensión.

Volvió entonces Tomás a hablar con Sosa, quien le dijo que lo de la pelea era cierto, pero que José solo había recibido un tiro de refilón en un brazo, y que lo había vendado él personalmente con el botiquín del Destacamento. A su vez Maluf, con cara de no querer ganarse resentimientos, declaró muy parcamente, confirmando que cuando José se fue del boliche estaba vivo.

Con esas declaraciones volvió Tomás a Esquel, sin tener una solución cierta para su caso. Sin embargo, el problema no lo dejaba tranquilo. Volvió sobre las escasas declaraciones, sintiendo que algo no cerraba bien, revisó los expedientes tanto de Sosa como de José Chacay, y de pronto se le hizo la luz: le contó su teoría a su Jefe, quien de inmediato lo mandó nuevamente a Cushamen, esta vez acompañado.

En cuanto llegó, le hizo saber a Sosa que estaba sospechado del homicidio de José Chacay. Sosa, poco hábil en declarar, se fue enredando en sus propias mentiras, hasta que confesó: José había muerto poco después de salir del boliche, y nadie salvo Sosa lo sabía. Así las cosas, decidió deshacerse del cadáver, no denunciar la muerte, y apropiarse de los sueldos del Agente, que sin duda seguirían llegando. Lo que nunca esperó era que la viuda, empujada por la necesidad, se fuera hasta Esquel a hacer el reclamo.

A esa altura de la historia, nuestra curiosidad por saber cómo había deducido Tomás la realidad de los hechos, era mayúscula. Se lo preguntamos, y nos dijo que había sido muy simple, solamente había que conocer las costumbres de la zona. Sucede que en la meseta patagónica, los caballos enflaquecen mucho en los inviernos, y no pueden emprender viajes largos, de allí que pensó que el argumento de Sosa era una mentira para distraer su atención. Sin embargo, cuando revisó los legajos, se encontró con que José había cobrado puntualmente sus sueldos hasta Octubre, un mes antes de la denuncia de la viuda. Y cuando declararon Sosa, la viuda y el bolichero, los tres coincidieron en que la pelea había sido en Junio. Entonces, de todos los involucrados, solo Sosa tenía una declaración que no se correspondía con los datos, ya que como superior inmediato, era el responsable de pagarle y llenar el recibo. Solo quedaba obtener la prueba del delito, pero a esa altura del procedimiento Sosa, completamente entregado, simplemente les alcanzó un frasco en el que, sumergido en alcohol, estaba el pulgar mutilado de José Chacay, y que usara oportunamente para “firmar” los recibos de su subordinado, que era analfabeto. .

 Emilio Enrique Menvielle


  

6 dic. 2010

Un dia cualquiera - Sergio Gaut vel Hartman

Era el primer día de otoño, imagínense, o el 13 de septiembre, no importa. Una noche sin música, para aumentar la confusión. En algún lugar lejano, aunque no tanto, ya que se podían oír claramente los quejidos de los moribundos, se estaba librando una guerra. Ya saben cómo es esto: la guerra empieza por allá, o por más allá, pero siempre se extiende como una mancha de tinta sobre un mantel de lino, avanzando, siempre avanzando, acercándose a tu ciudad, a tu barrio, a la puerta misma de tu casa; las guerras, antes, ahora, tienen ese rostro tan familiar: calaveras descarnadas que deciden instalarse en tu sala, comer tu cena, beber tu vino y acostarse con tu mujer, después de hacerte a un lado como a un mueble viejo.
Estaba pensando en eso cuando me descubrí caminando sin placer por una calle oscura de un barrio pobre, periférico, cuidando cada paso y dándole la razón a los que aseguraban que presenciábamos las primeras maniobras de un largo y complejo suicidio. Me detuve en una esquina, junto a una ventana abierta y sin dudar un momento, sin ningún pudor, observé la habitación en la que un hombre viejo, sentado en una mecedora, rígido como una piedra, con la mirada perdida en el vacío gemía una tonada más antigua que el viento. No comprendo cómo supe que la tonada, el viejo y la guerra que se libraba muy lejos de allí estaban enlazados; la configuración, casi idéntica a otra, producida muchos años atrás, evocaba el día en que mi abuelo había quedado atrapado en una red de circunstancias similares, fortuitas y adversas, que convergieron en su muerte. Desalentado, desvié la mirada. Para recordar no son necesarios los ojos, me dije. Hubiera querido arrancármelos y guardarlos en el bolsillo del abrigo, pero no lo hice. De todos modos, a partir de ese momento los recuerdos fluyeron en orden, con la precisión de un mecanismo. El primer movimiento del adversario parecía haberse completado.
¿Por qué había muerto mi abuelo? Es decir, no pregunto la razón metafísica de la muerte: tal vez estaba escrito en algún libro o simplemente el azar rozó con su ala ese lugar en ese instante. ¿Por qué había muerto en ese momento, en ese lugar? ¿Por qué no intervino algún agente, una providencial y mágica mano que supiera retorcer el espacio, desviar la bomba, detenerla en el aire sin explotar, a pocos centímetros de su cabeza? Lo pensé entonces y lo pienso ahora, cuando todo lo que debía suceder ya ha sucedido.
El viejo se mecía en la silla y canturreaba, tal como lo hizo mi abuelo mientras los aviones se desprendían del cielo sin nubes como gotas de aceite, lentos, en racimos. Dirán que lo estoy imaginando, que se trata de un truco de la mente, que yo no pude haberlo visto; es cierto. Pero oía los truenos, cada vez más cercanos; podía oler la sangre y tocar el espacio encallecido con las yemas de los dedos. ¿Para qué necesitaba los ojos? 
Mi abuelo no sabía, es cierto, cuánto faltaba para que el infierno se desencadenara. Estaba tranquilo, esperando la hora del té. Tampoco lo sabía el hombre sentado en la mecedora, como ausente, que canturreaba su tonada antigua. La guerra está lejos, pensaba, tal vez, o quizá no pensaba para nada en la guerra. Prefería pensar en otras calamidades, más cercanas y nocivas. Si le alcanzaría el dinero para comprar la comida, si lo echarían a patadas de esa pieza; no pagaba el alquiler desde hacía tres meses; hacía tres años que cobraba exactamente lo mismo: una pensión miserable. Esas cosas pensaba el viejo. La guerra era invisible, inexistente, nula.
Fue en ese momento que comprendí que mi adversario, fuera quien fuese, esperaba que yo realizara el siguiente movimiento.
De acuerdo, pensé: el siguiente movimiento, lo haré. El viejo se mecía y canturreaba. Yo busqué un lugar donde sentarme y hallé un cajón de manzanas vacío. Comprobé que era capaz de sostener el peso de mi cuerpo y me instalé en la misma posición que utilizaría un jugador de ajedrez. Apoyé los codos en los muslos y la cabeza en la palma de las manos tras unir las muñecas formando el cáliz de una copa, o una vasija. Supe que cualquier observador vería en mí el remedo de un cuadro pintado por Bezhan Shvelidze, “Problema de tiempo”, se llama el cuadro. Eso hace la figura pintada. ¡Cómo me gusta ese cuadro! Analizar. Reflexionar. La siguiente jugada. Siempre pensamos en la próxima jugada como si fuera capaz de solucionar todos los problemas creados por las que la precedieron. Miré fijamente al viejo, del otro lado de la ventana y vi el 13 de septiembre de 1939, lo vi con absoluta precisión, con una claridad que no necesitaba de los ojos, como un ajedrecista avezado ve todas las tramas que entrecruzan las posibles trayectorias de las piezas. 
El 13 de septiembre de 1939, el pueblo de Frampol, Lublin, Polonia, con una población de 3000, sin ejército o blancos industriales, ni cualquier defensor del ejército polaco, fue prácticamente aniquilado por la Luftwaffe en un bombardeo “de práctica”. El pueblo en el que vivía mi abuelo fue escogido porque los aviones, volando a baja velocidad, no podían ser víctimas del fuego antiaéreo. También porque la plaza central del pueblo era un punto de orientación ideal para las tripulaciones. Tengo dos fotografías: una anterior y otra posterior al bombardeo. En la primera se ve el pueblo; en la segunda un gran machón blanco y algunas líneas oscuras que convergen sobre el presente como una acumulación de brumoso maíz inflado y barras de chocolate. 
Levanté la vista y observé el cielo azul brillante; nada de bruma. En ese momento, la inocencia de la noche, la calma abisal de la atmósfera clamaban que yo estaba loco, que había imaginado una guerra y trucado un par de fotos para sentirme víctima de una grosera injusticia. Doble fraude. Había imaginado dos guerras y trucado millones de fotos para sentirme víctima de varias monstruosas injusticias. Cuestión de magnitudes. Bien. Las agujas corren. Debo jugar o perderé por tiempo, inexorablemente, tengo el mismo problema que el jugador de la pintura. Miré al viejo, que seguía en la misma posición, ajeno a todo. Como un ajedrecista que se precie de serlo, sabía que cuando el tiempo se agota uno piensa más en el reloj que en la partida. Pero hay que tomar una decisión, mover, mover alguna pieza, moverla. 
Abandoné la posición contemplativa, con los brazos apoyados en los muslos y la cabeza entre las manos. Puse todos los músculos en acción y salté hacia la ventana abierta como quien se mete en un cuadro de Rubens o Velázquez. Esos sí que pintaban grandes cuadros.
Al verme irrumpir en su habitación y en su calma, el viejo me miró con los ojos desorbitados. Yo era, a todos los efectos, un intruso, un ladrón que se proponía despojarlo de lo poco que tenía. Por lo tanto, mi primer gesto fue de advertencia. Puse un dedo sobre los labios y con la otra mano le indiqué inequívocamente que esperara, que permaneciera en calma, que confiara en mí. Excesiva carga para una simple mano. No obstante, sirvió. El anciano se relajó en su mecedora y se dispuso a escuchar mis argumentos. No los hubo, por supuesto. Lo arranqué de la mecedora y me lo cargué sobre los hombros. Pesaba menos que un almohadón de plumas. Atravesé la habitación y confié en que la puerta no estuviera cerrada con llave; no estaba cerrada con llave. Salí a la calle y empecé a correr. El viejo no protestaba, aunque en la tensión de su cuerpo percibí el miedo. Temí que se orinara, mojándome la espalda, pero por alguna razón inexplicable, a medida que poníamos distancia, se iba tranquilizando. Corrí, no sé, diez, quince cuadras. Con el aliento entrecortado me detuve en una esquina y deposité al viejo en el suelo.
—¿Por qué lo hizo? —dijo, con voz temblorosa.
—Escuche —respondí. Puse una mano en la oreja y lo invité a hacer lo mismo. A lo lejos, se dejaban oír las explosiones de las primeras bombas.
—¿Truenos? —dijo el viejo mirando hacia lo alto. El cielo azul brillaba sin matices y las estrellas parecían colgar como faroles. Hacía siglos que no se veía una noche como esa—. No pueden ser truenos.
—Bombas —repliqué, lacónico, sin deseos de explicar nada.
—¿Bombas?
—Bombas —repetí—. Un bombardeo; hay una guerra, una nueva, o la misma de siempre. —Era difícil de creer. Bombas. Tardíamente llegó el sonido de los aviones de la Luftwaffe que, una vez descargada su mercancía se elevaban en dirección al norte, dejando atrás el objetivo demolido. Ondulantes lenguas de fuego y humo subieron hacia el cielo como si fueran entidades capaces de absorber la luz, capaces de comerse los colores, los brillos, los tonos del aire.
—¿Bombardearon mi casa? —El viejo estaba desolado. —¿Qué les hice, yo? Nunca le hice mal a nadie.
Le pasé un brazo por el hombro y lo atraje hacia mí. —Usted, nada, por supuesto. Nadie les hizo nada, nunca. Pero a ellos eso no les importa. Venga, vamos. Quiero que conozca a una persona.
—¿Quién es usted? ¿Un ángel, un demonio?
—¿Cree en esas tonterías? 
—No. ¿Quién es, entonces?



Sin agregar una sola palabra lo conduje a través de las calles vacías, extrañamente solitarias. El silencio se propagaba, continuo, perpetuo, aunque ya debía haber bloqueos en numerosos lugares para dejar pasar a los equipos de bomberos que se dirigían a apagar los incendios. Habíamos quedado en una zona hueca; los autos y camiones se verían obligados a dar grandes rodeos. Dejamos atrás una serie de pasajes estrechos, tortuosos y llenos de basura; aquí el pavimento aparecía mojado y brillante; los semáforos se abrían y cerraban, solitarios e inútiles en las intersecciones. Llegamos a mi casa cuando una cúpula de rojo resplandeciente ya cubría totalmente la ciudad y proyectaba largas sombras, como en un atardecer de verano. 
En la oscuridad de la sala, mi abuelo se mecía en una silla y canturreaba una tonada más antigua que el viento.
—¡Abuelo! —exclamé; ignoraba la palabra que debía designarlo en su idioma. ¿Dzeide?
El hombre iluminó el ambiente con su mirada. Tampoco para esto hacen falta los ojos, perecía decir. Pero estaba seguro de que no entendió la palabra.
—¿Quién es? —dijo el viejo que yo había rescatado. 
—Mi abuelo. Debería haber muerto en Polonia el 13 de septiembre de 1939, en el pueblo de Frampol, Lublin, pero está aquí, ahora; no sé cómo ocurrió. Por lo visto he logrado torcer la historia o lograré torcerla. —Hablaba atropelladamente. El milagro conseguido superaba con exceso mis propósitos. Mi abuelo nos miraba con ojos desorbitados. Acababa de advertir que no estaba en su casa, en el shtetl en el que había nacido y en el que suponía que iba a morir, aunque no de esa forma.
—¿Cómo le va, abuelo? —dijo el anciano que yo había rescatado de una muerte segura; tendió la mano. Mi abuelo abrió la boca y emitió unas palabras incomprensibles. Hablaba en idish, por supuesto, pero con un acento que yo no podía desentrañar—. ¿Qué dice?
—No sé; yo tampoco entiendo el idioma.
—¿No entiende a su abuelo?
—No entiendo nada. No debería estar aquí. Tendría que haber muerto hace más de sesenta años. —Miré a ambos viejos y descubrí un sospechoso parecido. La luz era escasa, pero sentí durante un momento el tenso equilibrio, aunque seguía sin comprender lo que ocurría. ¿Era posible que al cambiar la posición de un elemento el efecto multiplicador hubiera alcanzado los hechos del pasado?
—El pasado no es un lugar cristalizado —dijo el viejo, contestando a mis pensamientos. Dejó vagar la mirada de un lado a otro de la habitación y de pronto clavó los ojos en el vacío de la pantalla de televisión y la contempló con expresión lúgubre, incrédulo, enojado, mientras sus uñas arañaban la superficie de la mesa; el chirrido era insoportable. Mi mente sólo parecía capaz de pensar en una barraca colmada de cadáveres.
—Shaj *pareció decir entonces mi abuelo. Su rostro se iluminó aún más intensamente y miró al otro viejo con atención.
—Yo no creo en los milagros —me excusé—, pero algún nombre hay que darle a lo que está ocurriendo con nosotros... —Me interrumpí en ese punto porque vi que ambos me miraban atónitos.
—Soy un hombre ignorante, pero siempre pensé que estas cosas podrían pasar —dijo el viejo—. ¿Cuál podría ser la razón para que las cosas no se definan de otro modo?
—Shaj *repitió mi abuelo.
—¿Esta palabra sí la entiende? —dijo el viejo.
—Creo que sí. Es muy parecida en muchos idiomas. Quiere decir ajedrez.
—¿Querrá jugar una partida? —Los ojos del viejo también se iluminaron. Yo me moví hacia un armario en el que guardaba un juego de madera, una buena imitación de un Staunton y el tablero que me había fabricado un artesano de Glew. Puse el tablero y la caja sobre la mesa y empecé a ubicar las piezas. Mis ojos contribuyeron a la orgía de luz. Eran tan radiantes todos aquellos ojos que hubieran sido innecesarias las lámparas.
—Adelante —dije cuando las treintidós piezas ocuparon sus lugares iniciales—. Jueguen.
—¿No tiene un reloj? —dijo el viejo. Mi abuelo pareció entender y movió la cabeza, apoyando la iniciativa. Suspiré y saqué del armario el viejo Roa que me había legado el doctor Campos antes de irse a radicar a Alemania. Le di cuerda imaginando que seguiría un reclamo porque el reloj no era electrónico.
  —¿Algo más? Tal vez quieran butacas más cómodas o un fiscal profesional.
—No sea tonto, hombre —dijo el viejo—. ¿No se da cuenta de lo que nos estamos jugando?
—Una partida de ajedrez —repliqué—. ¿Qué más? —El viejo sacudió la cabeza e hizo la primera jugada. Mi abuelo respondió. Tras las primeras cuatro o cinco quedó en evidencia que los dos sabían bastante del asunto. Una variante Najdorf clásica en la defensa Siciliana. Era más extraño de lo que cualquiera que no conozca el juego podría suponer. Najdorf llegó de Polonia a la Argentina el 24 de agosto de 1939 y de inmediato se sumergió en la vorágine del Torneo de las Naciones que se disputaba en ese momento en Buenos Aires. El 13 de septiembre, mientras Frampol era bombardeada por la Luftwaffe, le estaba ganando su partida a Ilmar Raud, un alemán, tal vez un nazi, o no, vaya uno a saber. La mínima revancha de Miguel era nada si se la compara con la destrucción de Frampol. Algunos de los muertos eran sus primos. Poco tiempo después toda la familia de don Miguel murió en los campos de Auschwitz o Dachau. Despejé de mi mente cualquier intrusión ajena al problema. El 13 de septiembre de 1939 esa variante no existía, ni siquiera para su autor; ¿cómo la conocía mi abuelo?
La partida entre los dos viejos seguía desarrollándose dentro de los cánones de la más pura ortodoxia. Por lo visto ambos jugaban tanto o mejor que yo. En un momento el viejo, tras hacer una jugada sólida, alzó la vista y me miró a los ojos. —Hay que consolidar la posición —dijo. Hay que consolidar la posición, repetí para mí; no hay que arriesgar, no hay que ser audaz: hay que consolidar la posición. ¿Significaba eso lo que yo suponía?
La partida se hundió en el tiempo. Mi casa se hundió en el pasado. La jugada que el viejo debería haber hecho, volando el centro negro, era la versión a escala del bombardeo “de práctica” efectuado por la Luftwaffe sobre Frampol. La jugada que hizo, consolidando la posición, operaba como un lazo que unía a Frampol con Buenos Aires, 1939 con el presente. El pueblo en el que vivía mi abuelo fue omitido porque los aviones, aún volando a baja velocidad, no podían verlo. De nada sirvió que la plaza central del pueblo fuera un punto de orientación ideal para las tripulaciones; no había plaza, no había pueblo. Puedo imaginar la expresión de incredulidad de los pilotos, pero en realidad no me importa. 
Tampoco importaba ya la posición de la partida que disputaban el viejo que yo había rescatado de una guerra y mi abuelo, rescatado de otra por fuerzas que no entendía, pero que sin lugar a dudas operaban con toda efectividad. ¿Preferirían llamarlo magia? Yo no; soy una persona que no cree en esas tonterías. No obstante, estaba perfectamente claro que mientras los dos viejos siguieran jugando al ajedrez el puente entre el presente y el pasado no se rompería.
Les hice una seña para que siguieran tranquilos. Dos, cien, un millón de partidas. No tenía el menor apuro. Fui a la cocina y empecé a preparar el té. Verifiqué que hubiera limones (los polacos toman el té con mucho limón) y pensé cómo le gustaría al otro viejo. Lamenté no tener el samovar que una tía se empeñó en regalarme y yo rechacé por considerarlo un trasto ridículo.

30 nov. 2010

El club de las diez y diez

Tal vez usted nunca prestó atención a la publicidad de los relojes, pero el caso es que todos marcan la misma hora
Nadie ha podido dar una explicación convincente de porqué los relojes, en los avisos, están siempre marcando las diez y diez.
Tampoco se sabe cuándo, ni dónde, ni porqué acordaron los relojeros acomodar las manecillas en esa posición tan particular.
El hecho que TODOS los relojeros del mundo se hayan puesto de acuerdo nos hace pensar, o más bien sospechar, de algún pacto entre ellos.
Pero ¿cuál es la razón oculta de este acuerdo?
Planteamos más preguntas:
¿Porqué los suizos, que son maestros en relojería, no fueron atacados en la II guerra mundial?
Los expertos, evasivamente opinan que esa posición de las manecillas permite destacar la marca del reloj, lo cual no es enteramente cierto.





Cuando el diseñador Franklyn Hernández fue requerido para hablar de este tema sugirió que en la figura de las diez y diez se dibuja una sonrisa que pretende seducir al comprador.
Un relojero novato, que se atrevió a mostrar su producto marcando las 8 y 20, no pudo vender ninguno. Esta transgresión lo llevó a la quiebra y su cadáver apareció flotando en el lago Leman con signos de suicidio. La policía suiza cerró el caso con inusitada rapidez, prestando poca atención a las fotografías del cuerpo desnudo que mostraban dos heridas mortales, sobre el pecho, formando un ángulo obtuso.
Las diez y diez.
Si la primera herida del suicida fue mortal, ¿quién provocó la segunda?
Este hecho despertó el interés del criptólogo de la OIJ, Luis Midence, quien se aprovechó de un viaje de capacitación a Ginebra para revisar los archivos de la abadía cistercense de Saint Gall. Allí encontró una extraña referencia a dos hermanos de apellido Diez, sefardíes que residían en Suiza cuando decidieron embarcarse a Costa Rica donde abrieron una relojería en la Villa de la Boca del Monte, futura San José, en la que posteriormente fue la avenida San Martín. El negocio se llamó Diez hermanos, lo que demuestra su engañosa actitud, ya que en realidad eran dos.
Cuenta la tradición oral del barrio que los hermanos, conocidos como Diez y Diez, recibían misteriosos visitantes, llegados del viejo mundo, con los que se reunían hasta altas horas de la noche. Después, estos se subían a las carretas que los transportaban a Limón y desaparecían en veloces veleros.
Luis Midence, el criptólogo, no supo descifrar el enigma que relacionaba a los hermanos Diez con la conexión suiza y el extraño suicidio de quien se había atrevido a invertir la imagen de la crucifixión.
Durante años estuvo obsesionado con el misterio y, cada vez que las agujas de su reloj marcaban las diez y diez, un estremecimiento automático recorría su cuerpo en una extraña mezcla de hora biológica, neurológica y psicológica.
Cosa parecida le sucedía cuando abría las revistas y en sus páginas aparecía la publicidad de un reloj, de cualquier marca, que desde las diez y diez le recordaba la hora de llegar al fondo del asunto.
Con la aparición de Internet pensó que sería más fácil vincularse con sitios que se ocuparan del tema, o se podría contactar con gente que, como él, se preocupaba por este asunto.
Una vez, chateando con un colega suizo con el que había desarrollado una pequeña amistad, este dejó caer una extraña pregunta:
-          ¿En qué paralelo vive usted?
Midence no supo contestarle en ese momento y quedó en averiguar la información.
Su sorpresa fue grande cuando supo que estaba en el paralelo 10.
Este sugestivo dato geográfico lo llevó a revisar otra vez la documentación que tenía, para descubrir algún indicio que se le hubiera pasado por alto anteriormente.
Ningún vestigio quedaba de los hermanos Diez que no habían dejado descendencia y, más bien, habían desaparecido del barrio de un día para otro, quedando abandonada la relojería de la avenida San Martín, la que luego fue remodelada por gente extranjera.
Una mañana, recorriendo esa avenida, Luis Midence descubrió que llevaba el número diez y, en un súbito acto de iluminación, corrió frenéticamente hasta el cruce con la calle diez.
Así llegó a las diez con diez, donde habían vivido los hermanos Diez.
Estaba parado exactamente en el paralelo 10, en la esquina de la avenida 10 con la calle 10, frente a una casa de altos con fachada de madera en cuya puerta había un pequeño cartel premonitorio que rezaba misteriosamente: “Llegó la hora”. Algún gracioso había agregado “del almuerzo”.
Midence se informó, en la bomba La Castellana, sobre las actividades desarrolladas en ese edificio pero nadie le supo dar razón ya que el movimiento de gente se efectuaba después de medianoche.
Solamente los días 10 de octubre se veía entrar y salir hombres de traje oscuro y, a media mañana, se escuchaban gritos y lamentos. Exactamente a las diez y diez.
Un temor súbito invadió a Luis Midence y, desde ese entonces, procuró evitar esa esquina.
Con un ambigüo correo electrónico se despidió de su amigo suizo que, de alguna manera, le había sugerido la pista del enigma, quién sabe con qué oscuras intenciones. Probó un reloj con números romanos, pero a la hora señalada un incómodo estremecimiento le recorría el cuerpo, más doloroso que con los carátulas arábigas. Entonces descubrió que en esos relojes el número IV romano se representaba IIII lo que profundizó su certeza sobre un pacto diabólico.
Ya vencido por la incertidumbre y decidido en acabar con esa pesadilla, tomó la decisión que siempre había querido evitar: se compró un reloj digital.

Jorge Grané

18 nov. 2010

Si me dan a elegir

Si me dan a elegir, elijo un viernes
a la hora que las sombras se alargan
áspera piel de la naturaleza
pleno otoño
y como dice Borges
"cielo hasta decir basta".
Que sea de repente,
con un tímido anuncio
apenas
para derramar unos silencios,
esos que no encontraron oídos.
Deseo que el camino se prolongue
que pisadas flamantes lo bifurquen
no cuentan más los míos que otros pasos
pero mi vanidad (triste defecto)
salta del equipaje
resistiéndose a la despedida.
Que sea en una esquina de mi patio
tomando vino tinto Don William
"...feliz de mí, que amando soy amado
y ni cambiar, ni ser cambiado puedo".
Algo para agregar
elijo un sueño
ninguno en especial,
no importa que el instante
me despegue soñando
aún más
preferiría llevármelo
apretado en el puño
y sólo por las dudas
de que en aquél espacio
no haya cosas creadas.
Si me dan a elegir, elijo un viernes.

Ana María López Romano

17 nov. 2010

Accidente pictórico – Sergio Gaut vel Hartman



Era el único ladrón de cuadros auténtico, el único verdadero, capaz de meterse en las grandes obras para robar faisanes, mandolinas, cartas y hasta sonrisas. Lo malo es que pocas veces encontraba cosas valiosas y demasiadas se perdía en los desconcertantes paisajes de los cuadros de Dalí o Van Gogh, cuando no quedaba enganchado en las aristas de los Picassos o los Duchamps. Sin embargo, lo peor de todo ocurrió el día en que se le dio por meterse en un Kandinsky. Convertido en un punto sobre el plano, fue perseguido por una jauría de triángulos y rombos que le dieron alcance y lo devoraron sin piedad.


http://grupoheliconia.blogspot.com/2010/11/sergio-gaut-vel-hartman.html

14 nov. 2010

POEMA


Quién escribe –qué escribe –qué posición adopta
su hombro izquierdo –su codo –su mano derecha.
La mente concibe cielos retorcidos –manteles como
maromas –inviernos como extensiones en blanco,
lenguas como delirios entre dientes –saludos como
huellas que se van adelgazando según el momento
del día en que se ha dicho buenos días –buenas tardes,
buenas noches. –Toda cosa concebida por la mente,
desaparece –Aparece –en cambio –lo que los sentidos,
uno a uno y en conjunto –presentan a la mesa
del intelecto para que selecciones los créditos
que permiten comprar –combinar –y desechar.
La autopsia corta el cuerpo en forma de “y griega”.
El oído no distingue la cisura de la muerte.
La mano anota un gesto de obediencia –una nota
de música clásica –el sabor del té hirviendo,
un corazón vacío de puentes –pero lleno de caminos
            que a ninguna parte conducen

Daniel Mastroberardino

20 oct. 2010

HECHIZO

No sé qué hago dentro del sueño de este desconocido. Por qué camino por su mente. Él tampoco sabe quién soy, sólo que me sueña. Le digo cosas que no entiende, y lo inquieto. Yo me asombro de confesarle mis fantásticos secretos porque sólo a los elegidos está permitido revelárselos. ¿Será él uno de ellos?  ¿O será mi carcelero, ya que en vano intento soltarme de su fantasía?
Voy con un gato en los brazos, envuelta en túnicas. Pequeñas hogueras flotan en ese ámbito fantasmal donde me muevo. Soy un sueño y simultáneamente una realidad incomprensible. Soy el soplo del inconsciente ajeno y de la conciencia del Todo; algo intangible que camina por senderos etéreos. Sé que poseo el conocimiento pero no puedo trasmitirlo. Sé que soy una enviada que perdió la memoria de su misión. Él sí sabe cuál es, y en sus vasijas de colores ubica cada idea en un receptáculo diferente.
¿Dónde me lleva este hombre? ¿Acaso camina despierto conmigo dormida en la mochila de sus sueños?
Mi gato se acurruca en mi seno como si no quisiera advertir el peligro, lo siento vibrar con el pelambre erizado. Los andenes por donde ahora marchamos están habitados por felinos de todos los tamaños y colores. Bellos ejemplares de pelo lustroso donde destella un verdor que parece de otro mundo, del mundo del soñante. Él se mueve bien en estas perspectivas de rieles solitarios y luces lejanas, hay entradas de luz o salidas definitivas, sin retornos. Tal vez sean túneles de despedida, aquellos donde las almas deben llegar si quieren desprenderse de este mundo. Es el transbordo, la hora de dejar la resaca en la tierra y tomar el tren a las alturas, libre de equipaje; sin cuerpo ni halagos, sin mezquindades. Espíritu puro.



De pronto los descubro tras las brumas de la estación, en el falso humo de locomotoras que ya no existen, echando volutas de ayer entre sepias neblinosos con oscuras vestimentas del pasado; y aún así, procurando brillar en flashes de una época extinta. De este modo pulula la cohorte de fantasmas. Hay rasgos etéreos que me llevan al ensamble de historias: los ojos de mirada oscura, la tristeza, algo de partir sin saber dónde arribar, el desencanto de no haber logrado lo pretendido. Se sientan en los bancos de los andenes vacíos, esperan un tren que ya pasó, circulan entre la nada, aspiran un aire que ya no les pertenece, se asombran de un presente dentro del cual no tienen cabida, ni comprenden.
El gato, espantado, salta de mis brazos dejando trazas carmesí sobre mi piel. Se junta con sus congéneres. Quién mejor que ellos para detectar los mudos chillidos de los muertos. Ese aferrarse a la memoria de los vivos para continuar experimentando algún sentimiento, retener los espejismos, creer que todo continúa y esperanzarse en que aún tienen otra chance. Chance de cambiar el pasado, de modificar la historia, de cumplir lo incumplido, de torcer los rumbos erróneos.
El desconocido me toma de la cintura, me habla al oído, siento que desde la planta de los pies me sube el deseo, uno que no corresponde a los sueños sino a la realidad más palmaria. Manos y piel, brazos y espalda, piernas y caderas, lubricidad que se difunde, olas de placer estallando en el murallón de mi enajenamiento. Maravillosa conmoción que me hace soñar dentro del sueño.
Pero ellos… Ellos nos observan desde las cuencas vacías, se recrean maquiavélicamente con mi goce; las caras difusas esbozan sonrisas torvas. Siento miedo, y ese miedo multiplica la fruición, acelera el ritmo de las embestidas a las que soy sometida, cada vez más profundas, más exaltadas. Quiero huir y más me aprieto al hombre, que de pronto me entrega. Son ellos ahora quienes me disfrutan, uno a uno. Noto las variantes, el erotismo, la lascivia, la ferocidad, el castigo. Ir y venir que no cesa, royéndome, lacerándome. Mordeduras, arañazos, a todo soy sojuzgada. Me roban entre alaridos, gruñidos y jadeos. Soy su objeto, la mártir que entregó el desconocido para tener acceso a las tinieblas; el pago estipulado. Así moriré, vejada, herida, desmembrada en una solitaria estación de trenes.
Los gatos me observan, me lamen, son quienes velan mi muerte. Como guardianes, impedirán que otros se acerquen; cuidan su alimento. Aguzan sus dientes, afilan las uñas de sus zarpas, en las pupilas cortantes hay un fulgor extraordinario. Pasean ronroneantes palpando mis flancos. Olfatean y…
Me siento en la cama de un salto. No sé qué soñé para estar tan agitada, llena de sudor y de arañazos. No hay una porción de mi cuerpo que no duela. Tomo un sorbo de agua, apoyo mi cabeza en la almohada, lentamente recobro la serenidad, se apacigua mi respiración, la conciencia se torna borrosa… Voy con un gato en los brazos, envuelta en túnicas…


Cristina Stoppello

De libro – Betina Goransky & Sergio Gaut vel Hartman

La admisora de la obra social que me deriva pacientes de la zona de Olivos está más loca que un plumero o por lo menos bastante perturbada, ya que todos los últimos casos que me envió parecían sacados de la página 301 del DSM IV. La cosa empezó con la señora Salinas, una mujer de unos sesenta años, que se vestía toda de negro, con pañuelo en la cabeza incluido como la bruja del cuento de Blancanieves, una depresiva tan típica que no se podía creer. Ana Lopresti, la del miércoles, era una maníaca a la que le temblaba todo el cuerpo y miraba demasiado hacia al balcón. ¿Estaría pensando en tirarse? Por las dudas dejé marcado el número de emergencias en el celular. El caso del perverso señor Ordoñez, que portaba una Biblia en el morral y se levantaba pendejos por avenida Santa Fe era aún más evidente y típico. Pero el colmo fue un joven de treinta años, Héctor Anera. Tardamos veinte minutos para llegar al consultorio por culpa de todos los rituales que tuvo que cumplir. Paso a describirlos: hizo cuatro series de poner el pie derecho para adelante y para atrás, antes de entrar al ascensor, y luego otra igual del izquierdo. Se tomó otros cinco minutos para cerrar la puerta con el codo, sin permitir que yo lo ayudara, de puro caballero. Coronó el asunto cuando, ya en el consultorio se encontró con los portarretratos de mis nietos boca abajo, simplemente porque yo los había dejado así después de limpiarlos y antes de volverlos a ubicar en su sitio. El resto de la sesión la empleé tratando de explicarle que aquello no traía mala suerte y que no se iba a morir de muerte súbita si no cumplía esos pasos rigurosamente. Ni siquiera pude anotar sus datos personales en la ficha.





Cuando terminó la semana no pude evitar que me asaltaran fantasías de casos tradicionales y divertidos como el de la peluquera que tenía un amante rengo y lleno de acné con el que se encontraba en la escalera para tener sexo más adrenalínico o el de aquel joven que se enamoró de su compañero de trabajo porque le hablaba todo el tiempo de las películas de Bergman. También fantaseé con la admisora. La imaginé revisando el DSM IV y buscando, con obsesiva prolijidad, los casos que encajaban a la perfección con los descriptos en el libro para mandármelos sin falta. En esa fantasía estaba incluido el placer que le causaban mi perplejidad y mis deseos de estrangularla.
No obstante, ahora me carcome una duda. La cuarentona histérica que tengo frente a mí y presenta los rasgos justos descriptos en la página 298 del DSM IV, ¿no será la admisora disfrazada?

Tomado de http://brevesnotanbreves.blogspot.com/






http://grupoheliconia.blogspot.com/2010/11/betina-goransky.html


http://grupoheliconia.blogspot.com/2010/11/sergio-gaut-vel-hartman.html

Con los dedos - Cristian Mitelman, Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


—Acá tiene, don Gregorio —dijo Eusebio tendiéndole unas cuartillas al chacarero, escritor de microficciones en sus ratos libres—. Úselo como base.
Gregorio miró las hojas por arriba y por abajo, de frente y de perfil.
—¿Está seguro? ¿Miró lo que dice acá? —El chacarero leyó:
“Las cosas más importantes del universo, a saber: la inestabilidad de personificación de los neutrinos, el decaimiento de la tasa de expansión del universo y sus consecuencias o viceversa —o vicerveza— sobre el cambio mundial del euro y el dólar, además del famoso dilema del túbulo unificador (o agujero de gusano) y la posibilidad de viajes en el tiempo basándose en la ecuación de Euler...”
—Sí, lo había leído —interrumpió Eusebio—. ¿Qué tiene de particular?
—Escribir una microficción con esto es más difícil que pellizcar un vidrio.—¡No sea flojo, hombre! ¡Qué va a ser! —Y siguiendo la acción a la palabra, Eusebio puso el pulgar y el índice sobre el parabrisas de la Ranger de Gregorio y pellizcó. El virulo resultante tenía la forma de la galaxia NGC 5679.

Tomado de http://brevesnotanbreves.blogspot.com/

Peligro de extinción – Antonio Jesús Cruz - Sergio Gaut vel Hartman

—Soy un hereje, aunque no crío cocodrilos —dijo mi amigo Antonio descorchando el tercer Malbec Rosé de la cena.
—¿Podrías explicarlo? —pregunté sin demasiada convicción. A mí me gusta el
Chardonay cosecha tardía, y llegado el caso prefiero un Beaujolais fresco, suave como beso de muchacha. Pero Antonio no se inmutó.
—Como un amigo mío que cría una nambá verde en los quince centímetros cuadrados de su bolsillo.
—¿Una namba verde? —Lamenté no tener acceso a la Wikipedia; la Wikipedia era la solución perfecta. O lo habría sido, si Antonio no hubiese seguido con su incomprensible discurso.
—Ahora bien, lo que Saturnino no sabe es que mi volcán, que antes erupcionaba con abundante lava, ahora sólo tira cenizas, por lo tanto, no puedo utilizar plumas incandescentes para escribir cuentos. Eso me pasa por sentarme a tomar un café justo al frente de la plataforma uno.
Renuncié a seguirlo. Me embutí un buen pedazo de vacío —debo admitir que como maestro asador Antonio raya la perfección— y busqué consuelo en Pocho, el alienígena que había llegado de Tau Ceti para reformular la actividad solar y evitar que el 21 de diciembre de 2012 la desestabilización de la corteza terrestre nos mandara a todos a la quinta del ñato. Pero a Pocho el Malbec Rosé le había pegado de un modo insultante.
—¿Qué cocodrilos, nambáes verdes, cenizas de volcanes y plataformas de trenes? En este planeta lo que hace falta es mano dura para poner en cajas a los intelectuales que todo lo embrollan y confunden. —Cuando se enfurecía, Pocho hablaba con un dejo de acento alemán—. Me parece que no voy a arreglar nada lo de los neutrinos para que este mugriento sistema se vaya por el desagüe.
—Calma, Pocho —dijo Antonio guiñándome el ojo—. Ya vienen las mollejas, y están como te gustan.
Pocho se serenó y pasando la lengua trífida para secar sus jurcias, estiró el brazo y puso la copa en posición para que le sirvieran otro poco de Malbec Rosé.

8 oct. 2010

                                                                                                 El otro es una doublette del sí mismo”
Heidegger: El ser y el Tiempo,. 

         La adversidad me impide hablarles personalmente. Sería tanto más fácil. Mi solo aspecto sería más revelador que tantas palabras, pero comprendan, no puedo ir. La adversidad se llama señor juez, que me retiene. Y después, quién sabe después. Por esto les ruego lean mi caso:
- Qué vio usted, me interrogó el uniformado.
- Eso mismo quisiera saber. Porque la seguí en el laberinto en que de pronto se convirtieron las góndolas del shopping. ¿Me convocaron su andar ondulante, o la tenacidad en ocultarse con un ropaje amplio, que la envolvía de pies a cabeza con un paño negro que rodeaba su cuello? Nada más atractivo que aquello que se oculta. Siempre la vi de espaldas, negándome su belleza, quizás para no deslumbrarme. Aún así era una belleza ver la oscuridad deslizarse como un reptil por el piso de porcelanato impecable, en un clima aromatizado, rodeada de brillos en los estantes en que cada cosa estaba en su lugar, nombradas y con un orden claro, creando una naturaleza lógica y previsible.
-Resuma, me interrumpió, no me interesa su punto de vista sino que declare lo sucedido.
- Me informaron que, si bien de cada producto había muchas unidades, el que  buscaba era escaso, que siguiera hasta el fondo, y en la anteúltima góndola tal vez lo encontraría.
         En la mitad del camino la vi, en una transversal, caminaba de prisa, frente a una góndola de cremas y ungüentos, y la seguí. Anduvo zigzagueando entre las estanterías, y a mi deseo de encararla se superpuso mi intriga ¿buscaba algo o estaba perdida? Por discreto mantuve cierta distancia.
         Dobló hacia la derecha, y la perdí de vista. Volví a verla al final de otra góndola, mirando unos cubiertos. De pronto –no sé de dónde salió- hubo otra mujer a su lado, con un ropaje similar. Discutieron, una muy cerca de la otra, tan igualadas que más que un duplicado parecía un diálogo consigo misma. No se escuchaba, pero por los gestos discutían, o ella con su alteridad. En caso que así fuera, ¿se imagina el horror de verla despiezada y en conflicto con una emanación de sí? Era insoportable no saber. Tal vez porque me acerqué la unidad se rompió y se fueron. Una para cada lado, desparramadas, como fotocopias al viento. No era fácil distinguir una de otra, seguí a quien creí que era ella, la original, la parte que me atrajo,  pero llegó antes al final de la góndola y desapareció. Cuando iba a girar, en la dirección opuesta escuché el grito y un ruido de platos rotos. Eso fue todo, y ahora si me permite sigo mi camino. Aún no encontré lo que buscaba.
- De ninguna manera, queda usted detenido. Se presentó como testigo, sin embargo ha estado muy involucrado, como partícipe necesario. Habrá que investigar, y quién le dice, tal vez encuentre lo que busca. Por de pronto ya declaró su hermano.
- ¿Hermano? ¿De qué hermano me habla? Yo no tengo hermano.
- ¡Vamos hombre! Caminando –dijo, y me empujó- no puede negarlo, son idénticos.

         Mi caso no ha de ser el único, habrá otros similares, casi idénticos, a quienes le endilguen un genérico duplicado.

Alberto Zimmermann 

 


¿Tiene espacio, tiempo, forma, color, el imperio de la muerte? ¿Pueden ellos ver; verme? ¿Pueden llorar las almas? ¿Añoran?
¿Qué estarán haciendo mis muertos mientras yo vivo y no duermo, mientras descanso en una música que te traiga a vos, mi más querido, al mundo de los vivos, mientras el sueño no viene porque se va con vos?
Pregunto sin cesar, sin obtener réplicas, sin continente para las respuestas, sin calmar la sed del porqué mudo.
¿Y el deseo? ¿Son libres las almas del deseo? ¿Son libres de las cadenas de la carne? ¿Son testigos de las cruces que cargamos aquellos que subsistimos? Las cruces de sus tumbas, nunca cerradas en nuestro imaginario. ¿Y las ganas de llorar, de besar, de matar, las tienen? ¿El ansia del mar, zambullirse, lamerlo, sentirlo, la portan? ¿La esperanza de amar, persiste en ellos?
Vuela el ángel de las incógnitas, le sonríe a mis dudas y sus obligados silencios. No me dará respuestas, agitará sus alas sobre la nebulosa de mis incertidumbres para borrar mi búsqueda. Así me dormiré, creyendo haber hallado las respuestas, conformándome con los que me convienen y los no que no se ajustan a mis pretensiones

7 oct. 2010

JOSELITO

JOSELITO
Capítulo de novela. – Sergio Pavlovsky

Ese nocturno  tibio de verano, atraía a disfrutar de la terraza del edificio donde Joselito trabajaba como  Encargado.
Solo  ellos dos existían, cerca de un farol de hierro despintado, con pretensiones de iluminar más de lo que podía; con una pálida luz solo apta para enamorados. Los rodeaba el aroma de jazmines con pequeñas flores celestes.
A Hilaria le gustaba cuidar las flores y plantas, pero en el lugar que ahora estaba viviendo no tenía lugar ni siquiera para verlas en fotos.
Se deleitó  al sentir la frescura de la botella de sidra entre sus manos. En la bandeja Joselito había agregado queso, salame y pan casero, que no desentonaban como compañía.
Todo  fue llegando de a poco, lentamente, como si lo saborearan y parecía que ninguno tenía apuro por concretar; lo demoraban sabiendo el placer que emana de los preparativos.
Todo se  desarrollaba como lo habían pensado; sabían que el momento estaba llegando.
Joselito bajó hasta su departamento para sumar a la fiesta a otra botella de sidra. Abrió la puerta; se quedó mirando el cuadro, homenaje a los muertos en la Guerra Civil, que tanto había atraído a su madre.  
Sus recuerdos rompieron, una vez más, los candados. Las imágenes de la mañana del entierro, con él como único participante, cubrieron los demás pensamientos y se iban deslizando en su mente; ese gris rodeado de tristeza, la llovizna que ayudaba a la depresión; la angustia de no entender el porque de no ver más a su madre y conocer la soledad en el mundo.

La manija plateada que apretó en su mano, trasladando el ataúd, se había grabado en sus archivos como una imagen y por sentir como le lastimaba la mano con su aspereza. Un tenue recuerdo para su padre, y su infancia que pasó en segundos. Como siempre le pasaba, tardó en volver; disfrutaba reviviendo su pasado.

Joselito sacó la botella de sidra de la heladera, agregó un paquete de galletitas y subió a reencontrarse con Hilaria.
Iba a ser esa, la primera noche que disfrutarían juntos.
El amor pretendía incorporarse a ellos y ninguno de los dos, lo dejaría fuera.
Embelesados, charlaron  hasta que llegó un momento que cambió el rumbo.
La besó suavemente, sin apuros, como guiaban los manuales, de donde había aprendido.

Casi dos horas después Hilaria se sintió mal; había intentado pero no se animó a confesarle cosas tan íntimas. Pasó un tiempo largo antes de decidir a operarse; una vez realizada, Hilaria se arrepentía, cada uno de sus días de las consecuencias.

Había refrescado, y después de un tiempo largo de estar conversando, le propuso bajar a su departamento.
Abrió la puerta y le pidió que lo esperase un minuto afuera, hasta  que le avisara.
            —Ya podés  pasar Hilaria, estás en tu casa—
Abrió una botella de vino blanco bien frío; las gotas giraban resbalando  a su alrededor, sin terminar de caer, como tratando de quedarse a presenciar lo que imaginaban estaba llegando. Sentado en el borde de la cama, lo excitó que  se acomodara sobre sus piernas. Se sintió mirado con ternura y a la vez con complicidad.
Con mucho cuidado fue desprendiendo los botones de la blusa turquesa.  
Tuvo la impresión que una  tropilla de caballos acababa de incorporarse a su cuerpo.
Disfrutó la manera como lo abrazó y que sus caricias no dejaran algo  sin recorrer.
A cada segundo, iba ascendiendo el deseo; su camisa cayó en el suelo, hábilmente guiada por las manos de Hilaria; el cinturón quedó tirado sobre la cama; sus pantalones no se resistieron demasiado ante el avance de ella.
Besándola, las manos de Joselito, sin apuro, iban dejando al descubierto  los encantos de Hilaria.
La recostó, muy despacito, sobre la cama cubierta por sábanas negras de satén que había comprado en el Once, anticipándose al momento.
Su mano comenzó a acariciar las piernas de Hilaria y se fue deslizando, milimétricamente, bajo la pollera; iba recorriendo el camino. Había casi llegado.

Por unos segundos quedó inmovilizado. Retiró su mano bruscamente.

Hilaria se sentía mal; no se había decidido a confesárselo y ya no podía seguir ocultándolo.
Se levantó de la cama; la miraba sorprendido. La palidez se estacionó en su rostro.
Ante la inexpresiva mirada de Hilaria, recogió el pantalón y su camisa.
La acompañó hasta la puerta de calle. Quería volver a estar a solas con su madre.