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2 oct. 2010

La giganta de Baudelaire - Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman

Me enamoré de sus tetas de giganta, de sus grandes labios y de su cuerpo enorme, capaces de albergar mi boca y mis manos en un abrazo incoherente. Pero era demasiado pequeño para ella. Me tomó entre dos de sus dedos, me hizo oscilar como si fuera una mosca atada a un hilo y me arrojó al tacho de basura.
Recuperé el sentido doscientos años después. El mundo había cambiado bastante. Baudelaire, tras resucitar para reclamar el premio Nobel, me llenó de patadas en el culo porque yo pretendía a la giganta. ¡Qué tipo prepotente y cerril! ¿Cómo podía yo saber que iba a resucitar? Me fui mascullando furia y me encontré con otro imbécil, Rimbaud, el infatuado, ese demente autodestructivo cuyo mayor anhelo era jugar en Boca.
—¿Seguís obsesionado con jugar en Boca? —le pregunté.
—No es una obsesión. ¡Si volviera el tiempo, el tiempo que fue! Porque el hombre ha terminado, el hombre representó ya todos sus papeles.
Me encogí de hombros y caminé hacia la estación de trenes. Con esa actitud de mierda nunca te van a poner, tontito, pensé. Unas cuadras más adelante esperaba Verlaine con un revólver en la mano. El disparo no era para mí, pero lo recibí agradecido. La vida había perdido su consistencia desde que murió la giganta. Y como no tengo la certeza de que pueda resucitar me despido de ustedes en este mismo momento. The end.
Abro los ojos. Montada sobre el puente de mi nariz hay una mujer de cinco centímetros.
—Te amo, gigante —dice.

1 oct. 2010

Defensa kafkiana, variante Sahara

El eximio mentalista Jorge Luis Borges vagaba entre las dunas de un tormentoso desierto. Se intuía perseguido por un alfil negro, pero no lograba recordar las leyes del ajedrez, si alguna vez las había conocido. Soñaba con finales perdidos, y temía despertarse convertido en un monstruoso insecto de muchas patas, ridículamente pequeñas, tumbado sobre su espalda dura, repudiado por sus parientes y abandonado por sus afectos. En el sueño él no se llamaba Borges, sino Joseph K. No tengo escapatoria, refunfuñó el mentalista; estoy entrampado en una situación kafkiana. Careciendo de otras alternativas viables, y sabedor de que no despertaría fácilmente, decidió invocar a Caissa sin dejar de correr. Aunque era ateo, ella lo salvaría o no, vaya uno a saber, pero mientras se mantuviera dentro del sistema cabía la posibilidad de jugar otra partida.

Sergio Gaut vel Hartman

29 sep. 2010

La chalina azul

A las nueve, ingresé al Jardín Botánico cuando el sol pugnaba por caldear a unos pocos visitantes. Disfruté del nuevo verde inglés de las rejas perimetrales y la suave melodía que canturreaba el viento al filtrarse por los barrotes. Caminando despacio y con la mente en blanco alejado de mis reflexiones, observé entre el follaje la figura de una mujer. Se hallaba cerca del sector donde abunda el aroma a romero y albahaca, debajo de unos tilos amarillos.
Hasta ese momento no le había prestado mucha importancia a su desdibujado perfil ni a los gatos que la miraban de reojo desde los canteros.
Colmado por un festival de colores al mediodía, regresé a mi domicilio. En mi venturosa soledad y como de costumbre, preparé la comida. Más tarde, recostado en el sillón del living intenté una siesta mirando de reojo un cuadro de Soldi.
Llegó la noche, todo se reiteró hasta que mis párpados se desplomaron como dos palomas heridas sobre las hojas de un cuento de Borges. Llovía torrencialmente y soñé con pesadillas aladas que corrían a guarecerse dentro del  libro.
Al día siguiente y a pesar de los senderos encharcados volví al Jardín Botánico. En la nueva caminata me detuve a mirar unas plantas prisioneras dentro de un invernáculo. Sobre los vidrios de los gruesos ventanales, mis ojos tropezaron con el reflejo ondulante de la misma mujer. En ese instante por encima de los árboles y en dirección a “La Rural”, unos nubarrones dibujaron amenazantes los brazos de un oso pardo. Traté de escapar pero me detuvo el latigazo de un relámpago perseguido por un trueno.
El presagio de un vendaval hizo que demorara el paseo, tenía miedo de arruinar mi costosa chalina azul. Presuroso me cobijé debajo de la copa de un gomero encorvado. Al aplacarse la tormenta, un raro presentimiento me empujó a recorrer otra vez los alrededores.
Acerté con el vaticinio: la mujer continuaba dentro del parque, lejos y en actitud contemplativa cercana a una vistosa Santa Rita apretándose irreverente al tronco de un ficus. Giré la cabeza, sentí un deseo irresistible por acercarme, traté de no perderla de vista y corrí haciendo garabatos por los senderos. En el intento, esquivé una protesta de gatos siameses debajo de una pérgola y tropecé con un grupo de escolares robándose colores en unos cuadernos sin hojas.
En estos momentos coincidentes - Pensé - ¿Habrá notado mi presencia? ¿Se atreverá a responder el saludo de un desconocido?  No dejé de observarla, necesitaba resolver el dilema. Como un bandido solitario disimulé mi figura detrás de un palo borracho. Observé su sonrisa y los cabellos cayendo sobre sus hombros desnudos. Debajo del vestido, los pechos se insinuaban triunfantes. Mis ojos desfilaron por todo su cuerpo sin descubrir que los suyos me miraban resplandecientes.
Al enfrentarse, hubo una destello y me sorprendió ver en sus labios mudos, una sonrisa de viejos amigos. Inicié una tonta conversación acerca del desmañado clima de la semana; mientras con los dedos de sus pies, jugaba a las damas con unas hojas en el fondo de un charco.
Un golpe de viento helado hizo insoportable el lugar y sin más preámbulos la invité a tomar un café en la confitería de Gurruchaga y Santa Fe. Con un suave mohín rechazó la insinuación de cafetear. Aunque su mirada respondía otra cosa.
Necesitaba de su presencia. Quería permanecer a su lado, amarrarla, tener la certeza de un pronto reencuentro. ¡Tuve una feliz idea! prestarle mi chalina azul. La estratagema funcionó. Aceptó la prenda y jugando como si fuera una boa vencida, se la envolvió en el cuello.
Para la restitución de la chalina, acordamos encontrarnos al día siguiente; minutos más tarde, el crepúsculo y el frío apuró la despedida y me quedé sin el amparo de su visión y de perfeccionar mis vacíos.
Luego del hechizo, supe que estaba enamorado.
Decidí regresar al departamento de Arenales, apoltronado en el sillón del living esperé por la llegada de los sueños sin mirar el cuadro de Soldi. Tenía la cabeza despejada, convencido que ninguna pesadilla se presentarían a jugar a las escondidas.
A la mañana siguiente, ingresé al Botánico y la mujer no estaba. Transcurrieron dos horas. Después de un largo rodeo parecía que todo resultaría en vano. Sentado debajo de un laurel, pretendí calmar el tono de mi ansiedad y me puse a conversar con un gato de cola amarilla.
Al poco tiempo el cansancio venció mi ilusión. Sobre el mediodía, sin esperanzas y caminando hacia la salida, observé en medio de una fuente la escultura de una joven cincelada en mármol. Un intenso escalofrío subió por mi espalda, la estatua sonriente abrigaba su cuello con mi chalina azul.

  Rubén A.Coffey 

28 sep. 2010

Anotando la tarde

El tiempo rueda por avenida Las Heras lamido por la lluvia y ahumado por los grises. Es hora de charlas entre amigos, de lecturas en solitario, de pasear con los viejos para luego depositarlos en el pretérito de sus vidas, y continuar la vida acometedora con la conciencia libre de culpas.
El frío de un julio polar cubre a la gente con excesivo abrigo, los paraguas son salpicaduras de color en el entramado del ir y venir. Se encienden las luces poco a poco, la lluvia y los charcos se pueblan de fulgores y cobran vida.
Este escenario dinámico y brillante lo observo y lo anoto desde la vidriera de una confitería. Pienso que esta circunstancia de observar y escribir mientras un café se enfría frente a mí, se ha repetido sin cesar. Varían las mesas, los pocillos, las luces y las calles, pero el ritual es el mismo. Siempre la soledad promoviendo el llanto, y la razón aquietándolo, buscando en la escritura la salvación, el paño de lágrimas, la hoja afilada que corte la angustia y la pluma que aguijonee la alegría hasta sacarla a la luz.
Año tras año papel y lapicera van seduciéndose en el trazado de las palabras, envolviendo sentimientos delineados con el corazón o el alma, dando a luz emociones espesas, de sensatez o de locura. Magia de la voz escrita que plasma fantasías, enmienda deslices y suaviza el mal de amores. Desierto escoltado por la caricia de la catarsis, purificación de un llanto recóndito jamás confortado.
Claman los besos guardados, gimen los regresos que jamás fueron y la muerte de los otros tan míos. Todo está en los papeles más o menos amarillos, más o menos cuarteados. Quiero que me lo devuelvan todo, que ellos, los arrugados y los destrozados por la rabia, los que tiré por mal redactados y los que se perdieron en el viento, me devuelvan el tiempo que pasó. Quiero de vuelta los papeles que flotaron en el agua hasta hundirse, su tinta lavada por lágrimas de dolor o de alegría, quiero el pasado y el presente fluyendo en los pliegos, quiero el testimonio de distancias tremendas dulcificadas por las letras y los rastros de los que ya no están. Quiero ese azul que dibujó mi historia, el negro de los duelos clamando en el blanco, y lo inmaculado de aquella alma que tuve y hoy yace sin nadie que le escriba poesías.
Cuarenta años de andar corrigiendo, doblegando, retrayendo la vida, el amor, el tiempo y las heridas. Cuarenta años de muerta de amor que borronea, subraya, tacha y vuelve a escribir para dejar testimonio de algo tan profundo como la hondura del tiempo, que pasa riguroso y brutal sobre la juventud idealista, robando ilusiones, matando esperanzas. Y la llaga que no se cura ni con millones de páginas escritas o cientos de libros editados. 
Llega la hora de irse, caminar despacio y sin apuro, sin destino obligado ni horario establecido. Marchar con un soliloquio en el pensamiento, zumbido perenne que se dispersa a cada rato, que salta como géiser desde la profundidad a la superficie, para volver a los fondos de la conciencia y luego reavivarse, erupcionar una y mil veces, azotando mi mente, hasta quebrarla.
C. Stoppello

27 sep. 2010

USTED NI LO IMAGINA


Señor mío, yo lo amo y usted ni lo imagina. Yo lo sueño y usted ni siquiera me ve estando despierto. Se ha vuelto mi objetivo, la razón de mi existir, el deseo de que amanezca para verlo aparecer tras su ventana. Cada día me pierdo en la espesura de sus cabellos, mi fantasía recorre su cuerpo; en él me vuelvo hiedra, deliro, desmayada sin pudores, bajo sus caricias pretendidas…, y para usted no existo.
Ni siquiera me vislumbra, ni la mísera limosna de su mirada me destina. Soy voyeur de sus pasos, afinadora de sus suspiros, protectora de su cansancio, vestal capaz de ganar el más cruel de los castigos divinos con tal de merecer un solo minuto de su tiempo…, y usted me ignora.
He dejado de comer, usted es mi alimento. He dejado de dormir para observar la oscuridad que lo contiene e intuir dentro de ella su cuerpo abrazado a su almohada. Evito los perfumes para inventar el suyo,  elixir de viajero, de tabaco y licor, de instinto, de poeta, de niño.
Usted es mi Narciso, mi Adonis, mi David y mi Apolo…, y usted, ni lo imagina.

La vida, hijo...

La vida, hijo, es una continua lucha, es lo fugaz y al mismo tiempo lo eterno. Cuando se puebla de amor desaparece la soledad, las cosas toman sentido, se iluminan los caminos, surgen las esperanzas, nos redimimos.
La alegría suele ser efímera, por eso hay que capturarla cada vez que nos invade, enseñarle el camino de regreso, que se aquerencie. Hay que instruirla en el arte de vencer a la tristeza.
La reflexión es necesaria frente a cada decisión, porque los errores se pagan caros, siempre. No importa el tiempo, tampoco el espacio, el destino se cobra todo, lo bien hecho, lo mal hecho.
Las miserias humanas son muchas, y nadie está libre de ellas. No te creas Dios, apenas sos humano, mágica y misteriosamente humano.
Si renegás de tus padres, tus hijos renegarán de vos. No juzgues con tanta crueldad a tus mayores, sólo son consecuencia de La Vida y sus deslices. Vos cometerás los tuyos y querrás que se te indulte. Empezá entonces por ser más tolerante…

Un recuerdo al gran Maestro chileno

Siempre

Antes de mí
no tengo celos.
Ven con un hombre
a la espalda,
ven con cien hombres en tu cabellera,
ven con mil hombres entre tu pecho y tus pies,
ven como un río
lleno de ahogados
que encuentra el mar furioso,
la espuma eterna, ¡el tiempo!
Tráelos todos
adonde yo te espero:
siempre estaremos solos,
siempre estaremos tú y yo
solos sobre la tierra,
¡para comenzar la vida!
 

Pablo Neruda

Un capítulo de Novela

Por la mañana comenzó a levantarse la niebla. La noche anterior había estado lloviendo sin tregua, Valdivia lo sabía porque no logró pegar un ojo hasta que el despertador sonó a las seis. Se sentía agotado. Aún así, tras tomarse una taza de café cargado y amargo,  salió rumbo a la maldita zanja donde sus hombres lo esperaban. Habían encontrado un auto sumergido y un cadáver al volante. ¡Buena manera de empezar el otoño!, pensó. En el camino recordó que Sabrina, su hija, le había dejado un mensaje en el celular y él se había olvidado de contestarlo. “Desde que murió mi hermano dejaste de ser mi padre”, le había reprochado tiempo atrás. Quizás tuviera razón, se planteó; en verdad, había dejado de existir.

Volvió a la comisaría con un nudo en el estómago. La cara del pibe muerto le recordaba la de su Fabián, no podía quitárselo de la cabeza. Era como si se lo devolvieran de nuevo muerto.

--¿Usted es el padre de Fabián? –le preguntó el médico de terapia intensiva, sacudiéndolo. Se había quedado dormido en un banco del pasillo, después de dieciséis horas de espera.
--Sí –contestó sobresaltado--; ¿cómo está mi hijo, doctor?
--Mire, lamento decirle que... –No terminó la frase, Valdivia lo empujó y entró en la sala sin que nadie pudiera detenerlo. Se acercó a la cama donde estaba Fabián y se aferró al cuerpo sin vida. No había cómo separarlo.

Barnes y Salgado entraron al bar y se hizo silencio. Sintieron las miradas de los pocos clientes sobre ellos. Como cada vez que algo alteraba la monótona paz del lugar, el clima se ponía denso y la curiosidad se mezclaba con el miedo. Barnes extrajo una foto de la víctima y, mesa por mesa, la mostró para ver si alguno la conocía. Salgado, mientras, tomaba un café en la barra y hablaba con el dueño del boliche.
--Dicen que el pibe se parecía al hijo del comisario –comentó el Vasco.
--Sí, y eso a Valdivia lo puso más loco que de costumbre. Es hora de que profundicemos en la investigación o nos va a reventar a todos.
--Pero no es la primera vez que en la zanja muere alguien, hace un tiempo se ahogó un pibito. Fue de noche, también; ¿te acordás?
--Hace más de dos años, y no la arreglan. Como sea, el problema no es sólo la zanja, sino que Valdivia cree que esto no tiene nada de accidente.
--¿Y qué va a ser si no?
--Él cree que se trata de algo más grosso, habla de asesinato. Y andá a sacárselo de la cabeza.
--La tiene tocada desde que murió la mujer y el Fabián. Lo que me extraña es que los que iban con el muerto se rajaron.
--¿Qué decís, Vasco? ¿De dónde sacaste que iban otros en el auto?
--Lo contó el Chino, anoche, en mitad de la curda que se pegó acá.
--¿Y recién me lo contás, imbécil? ¡Salgado, vení! –llamó—. Vamos a buscar al Chino, éste dice que sabe algo.

Lo encontraron tirado en la pieza de Rosa, la dueña de la pensión donde se cobijaba cuanto malandra pasara por el lugar. Dormía la borrachera. Salgado lo despertó a cachetazos. Detestaba a los borrachos; le traían el recuerdo de su padre, siempre envuelto en vahos apestosos, hablando incoherencias, descargando su furia alcohólica en él y en su madre. Y la agresión resultó, porque El Chino recobró la lucidez en un santiamén, y dijo que antes de retomar la ruta los que iban en el auto que terminó en la zanja, habían estado comiendo un guiso en lo de la Rosa. Que hablaban en voz baja pero amenazante, de deudas, creía el Chino, y al más joven --el muerto, aclaró--, le advirtieron que si intentaba hacerse el vivo, iba a ser boleta. “Sí señor --confirmó el Chino, con el temor de que Salgado le diera vuelta la cara otra vez--; lo amenazaban, y el mocoso temblaba y se reía al mismo tiempo.”

Valdivia atendió el teléfono y se quedó ensimismado al colgar. Habían encontrado otro cadáver, no muy lejos de allí, en Ocampo. Era un hombre de unos treinta años, tenía el cráneo destrozado, le comentaron. Iban cayendo las piezas que probarían sus sospechas, especuló. Dio un último sorbo al café y salió en dirección a Ocampo por la ruta 32. Al llegar vio una ambulancia y un coche de la policía. Se preparó para un muerto más, eran tantos los que colmaban su lista que ya nada le asombraba. Pero lo que vio, diría más tarde, era de un horror difícil de digerir.

Parado frente a los restos, Valdivia sintió un malestar violento. El que le avisó había hablado sin estar en el lugar, por eso desconocía los detalles, pero ahí, la cosa era brutal. El rostro de la víctima estaba deformado, los brazos y piernas sujetados por alambres, lo que restaba del cuerpo era un guiñapo sanguinolento. Había sido torturado y ejecutado, alguien saldaba cuentas pero al mismo tiempo requería una información que el muerto tenía y, sin duda, había confesado. Valdivia se preguntó a qué se debería tanta violencia. Estaba en esas elucubraciones cuando un nuevo llamado las interrumpió.