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20 may. 2011

Como en casa

Era negra y esbelta, con un matorral de pelo atado en la coronilla que la hacía más alta. Llamaba la  atención y necesariamente tenía que ser protagonista; frente a las cámaras, frente a toda mirada, en particular frente a los comensales de esa mesa, rubios con ojos de mar la mayoría, y los que no, con la piel apenas cobriza. Eran sus amigos locales que se admiraban de conocerla y contemplaban absortos el bailoteo de sus dedos largos sobre la mesa de mármol blanco.
         Su voz, dulce y melodiosa, acallaba el eco profundo de tambores ancestrales que rodaban por la sierra hasta la estepa verde, en tiempos de lluvia, con un riacho que convocaba felinos amarillos, cuadrúpedos leves y animales tubulares con y sin patas. Allí cada especie jugaba su supervivencia. Como ella ahora, frente a los empresarios que le presentaban sus familias afables, felices, para que se sintiera como en su casa y confiara.
         Entonces ella entornó sus párpados, para que miraran sus ancestros. Vieron gacelas alertas a sus movimientos. Vieron planear un buitre. Vieron carnívoros al acecho.
Ellos no comprendieron su repentina fuga. -Cosa de negros-, dijo alguno.


Alberto Zimmermann
Abril 2011