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4 may. 2011

PUNTO VACÍO

Leila se sienta a la mesa, fija la vista en el plato de sopa que despide un humito gris, posa las manos sobre el mantel.
La silla vacía, a su izquierda --justo frente a Reinaldo--, marca una ausencia. Su cuerpo se niega a moverse, a tomar la cuchara, llevarla a la boca, y así paliar esa sed de soledad y de pena.
Nadie menciona el hecho, hablan de cualquier cosa negando el hueco disonante. Todos comen, menos Leila, que permanece muda y tiesa y recuerda que se despertó soñándola. Saltó en la cama tras la pesadilla y no logró volver a dormir, sólo pudo recrearse en lo soñado.
Los sonidos se potencian en sus oídos. A su derecha, el agua cae en la copa de Inés, y parece el rumor de aquel río que ninguno quiere recordar, como lo recuerda ella mientras el zumbido del entorno la fastidia y la sopa ya no suelta humo.
El perro se acuesta a sus pies; lo hace cada vez que Leila cae en el barranco del desánimo. Aunque el mantel de la gran mesa le cubre el cuerpo peludo y dorado, ella sabe que la está mirando como no mira ningún humano. En la sinceridad de los ojos del animal hay un diálogo oculto, y es ahí, en ese diálogo privado, donde se desentraña lo que sólo ellos dos saben.

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