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10 jun. 2011

Se encontró solo frente a las escaleras caracol, rodeado de espejos, de luces y de sombras.
Y bajó, con los pies en el agua, las manos en el fuego, el pensamiento en blanco, y en negro.
Se miró la ropa, vio los jirones, los brillos, las ausencias.
Sintió en su pelo el frío del invierno y en su cuerpo el calor de la condenación.
Supo, sin saberlo, que estaba muerto y más vivo que nunca.
Supo, sabiéndolo, que jamás resucitaría aunque fuese un resucitado.
Miró las cascadas fluir desde las paredes.  Se creyó Poseidón, aunque fuera un pobre pez.
Nadó, se ahogó, buscó el aire en la tierra y el sol en los abismos.
Se transformó en mujer, en niño, en ángel.
Se hizo serpiente y manzana, inventó el pecado y lo comió, lo cometió, lo vomitó.
Fue santo en la hoguera, demonio en el trono del Poder.
Lamió la miel más pura y el acíbar más intolerable.
Fue cruz, clavo, judío, cristiano, todo y nada.
Es Uno y Trinidad, liturgia y sangre, pan y hambre.
Buscó a su madre, y descubrió que nunca fue parido.
Buscó a su padre, y se encontró a sí mismo.
Quiso ser huella, cicatriz, síntoma y seña, pero fue olvido.
Quiso ser lírico pero fue prosaico.
Es pura metáfora, invención y realidad.
Fe y agnosticismo.
Sueño.

CS

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