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7 oct. 2010

JOSELITO

JOSELITO
Capítulo de novela. – Sergio Pavlovsky

Ese nocturno  tibio de verano, atraía a disfrutar de la terraza del edificio donde Joselito trabajaba como  Encargado.
Solo  ellos dos existían, cerca de un farol de hierro despintado, con pretensiones de iluminar más de lo que podía; con una pálida luz solo apta para enamorados. Los rodeaba el aroma de jazmines con pequeñas flores celestes.
A Hilaria le gustaba cuidar las flores y plantas, pero en el lugar que ahora estaba viviendo no tenía lugar ni siquiera para verlas en fotos.
Se deleitó  al sentir la frescura de la botella de sidra entre sus manos. En la bandeja Joselito había agregado queso, salame y pan casero, que no desentonaban como compañía.
Todo  fue llegando de a poco, lentamente, como si lo saborearan y parecía que ninguno tenía apuro por concretar; lo demoraban sabiendo el placer que emana de los preparativos.
Todo se  desarrollaba como lo habían pensado; sabían que el momento estaba llegando.
Joselito bajó hasta su departamento para sumar a la fiesta a otra botella de sidra. Abrió la puerta; se quedó mirando el cuadro, homenaje a los muertos en la Guerra Civil, que tanto había atraído a su madre.  
Sus recuerdos rompieron, una vez más, los candados. Las imágenes de la mañana del entierro, con él como único participante, cubrieron los demás pensamientos y se iban deslizando en su mente; ese gris rodeado de tristeza, la llovizna que ayudaba a la depresión; la angustia de no entender el porque de no ver más a su madre y conocer la soledad en el mundo.

La manija plateada que apretó en su mano, trasladando el ataúd, se había grabado en sus archivos como una imagen y por sentir como le lastimaba la mano con su aspereza. Un tenue recuerdo para su padre, y su infancia que pasó en segundos. Como siempre le pasaba, tardó en volver; disfrutaba reviviendo su pasado.

Joselito sacó la botella de sidra de la heladera, agregó un paquete de galletitas y subió a reencontrarse con Hilaria.
Iba a ser esa, la primera noche que disfrutarían juntos.
El amor pretendía incorporarse a ellos y ninguno de los dos, lo dejaría fuera.
Embelesados, charlaron  hasta que llegó un momento que cambió el rumbo.
La besó suavemente, sin apuros, como guiaban los manuales, de donde había aprendido.

Casi dos horas después Hilaria se sintió mal; había intentado pero no se animó a confesarle cosas tan íntimas. Pasó un tiempo largo antes de decidir a operarse; una vez realizada, Hilaria se arrepentía, cada uno de sus días de las consecuencias.

Había refrescado, y después de un tiempo largo de estar conversando, le propuso bajar a su departamento.
Abrió la puerta y le pidió que lo esperase un minuto afuera, hasta  que le avisara.
            —Ya podés  pasar Hilaria, estás en tu casa—
Abrió una botella de vino blanco bien frío; las gotas giraban resbalando  a su alrededor, sin terminar de caer, como tratando de quedarse a presenciar lo que imaginaban estaba llegando. Sentado en el borde de la cama, lo excitó que  se acomodara sobre sus piernas. Se sintió mirado con ternura y a la vez con complicidad.
Con mucho cuidado fue desprendiendo los botones de la blusa turquesa.  
Tuvo la impresión que una  tropilla de caballos acababa de incorporarse a su cuerpo.
Disfrutó la manera como lo abrazó y que sus caricias no dejaran algo  sin recorrer.
A cada segundo, iba ascendiendo el deseo; su camisa cayó en el suelo, hábilmente guiada por las manos de Hilaria; el cinturón quedó tirado sobre la cama; sus pantalones no se resistieron demasiado ante el avance de ella.
Besándola, las manos de Joselito, sin apuro, iban dejando al descubierto  los encantos de Hilaria.
La recostó, muy despacito, sobre la cama cubierta por sábanas negras de satén que había comprado en el Once, anticipándose al momento.
Su mano comenzó a acariciar las piernas de Hilaria y se fue deslizando, milimétricamente, bajo la pollera; iba recorriendo el camino. Había casi llegado.

Por unos segundos quedó inmovilizado. Retiró su mano bruscamente.

Hilaria se sentía mal; no se había decidido a confesárselo y ya no podía seguir ocultándolo.
Se levantó de la cama; la miraba sorprendido. La palidez se estacionó en su rostro.
Ante la inexpresiva mirada de Hilaria, recogió el pantalón y su camisa.
La acompañó hasta la puerta de calle. Quería volver a estar a solas con su madre.

 

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