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6 oct. 2010

UN ADELANTADO TRISTE

¡Qué señor estúpido don Pedro de Mendoza! Vino tras un sueño equivocado, tras una misión irreal e imposible. No quiso ser el fundador de una colonia laboriosa y próspera, quiso ser el jefe de una expedición de conquistadores de gloria y de tesoros.
Magro en carne y en palabras, con la mirada alucinada de los fanáticos y de los locos, llegó a las costas del Río de la Plata  para encontrar solo una serie de lagunas y bañados, con pocas promesas de las riquezas que soñara, y sin la posibilidad material de tener una ciudad con palacios construidos en piedra, solo pudo armar un pequeño caserío de ranchos de adobe, débilmente defendidos por un muro de barro.
Los aborígenes, ciertamente escasos, no comprendieron que a partir de su llegada eran vasallos del Rey de España. Don Pedro les demandó que les proveyeran de alimentos. Al principio así lo hicieron, pero luego, al ver que en nada les beneficiaba esta vecindad, simplemente se retiraron. ¡Retirarse! ¿Con permiso de quién? Don Pedro montó en cólera, y envió una expedición punitiva. Había que castigar la insolencia de negarse a proveerles de víveres. Marcharon las huestes españolas, con caballeros y soldados, hasta las márgenes del Río Luján. Y allí fueron derrotados.
Fue esa quizás la más legítima de las victorias de los indios en tierras del Plata, cuando el choque de culturas aún no estaba contaminado por otros intereses. Murieron más de 30 caballeros y soldados, y el triste regreso terminó en un obligado encierro de los españoles dentro de su reducto, condenados al hambre y a la desesperanza.
Mucho meditó don Pedro de Mendoza sobre esta derrota, sobre esta situación. Porque Don Pedro era inteligente. Y no es que hiciera gala de su inteligencia, al contrario, ese don no figuraba entre sus códigos y prejuicios. En realidad, por educación, por tradición y por decisión propia tenía en la más alta estima al linaje, a su lealtad al Rey y al pundonor. Pero su inteligencia trabajaba en sus largas noches de insomnio, y barajaba argumentos deprimentes, y encontraba razones que no se animaba a confesarse abiertamente a sí mismo, mucho menos a sus subordinados y compañeros de un tiempo tan adverso. Y sus peores pensamientos lo llevaban a una conclusión desesperante: se le habían acabado las ideas, ya no sabía qué hacer.
Y entonces se fueron, despoblaron Buenos Aires, que en poco tiempo sería solo un conjunto de taperas abandonadas, y luego nuevamente el bañado original. Se fueron, y Don Pedro llevó consigo su frustración y su desengaño, y una enorme tristeza solo comparable al hambre  que pasaron durante su penosa aventura.

Emilio Enrique Menvielle

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