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28 sep. 2010

Anotando la tarde

El tiempo rueda por avenida Las Heras lamido por la lluvia y ahumado por los grises. Es hora de charlas entre amigos, de lecturas en solitario, de pasear con los viejos para luego depositarlos en el pretérito de sus vidas, y continuar la vida acometedora con la conciencia libre de culpas.
El frío de un julio polar cubre a la gente con excesivo abrigo, los paraguas son salpicaduras de color en el entramado del ir y venir. Se encienden las luces poco a poco, la lluvia y los charcos se pueblan de fulgores y cobran vida.
Este escenario dinámico y brillante lo observo y lo anoto desde la vidriera de una confitería. Pienso que esta circunstancia de observar y escribir mientras un café se enfría frente a mí, se ha repetido sin cesar. Varían las mesas, los pocillos, las luces y las calles, pero el ritual es el mismo. Siempre la soledad promoviendo el llanto, y la razón aquietándolo, buscando en la escritura la salvación, el paño de lágrimas, la hoja afilada que corte la angustia y la pluma que aguijonee la alegría hasta sacarla a la luz.
Año tras año papel y lapicera van seduciéndose en el trazado de las palabras, envolviendo sentimientos delineados con el corazón o el alma, dando a luz emociones espesas, de sensatez o de locura. Magia de la voz escrita que plasma fantasías, enmienda deslices y suaviza el mal de amores. Desierto escoltado por la caricia de la catarsis, purificación de un llanto recóndito jamás confortado.
Claman los besos guardados, gimen los regresos que jamás fueron y la muerte de los otros tan míos. Todo está en los papeles más o menos amarillos, más o menos cuarteados. Quiero que me lo devuelvan todo, que ellos, los arrugados y los destrozados por la rabia, los que tiré por mal redactados y los que se perdieron en el viento, me devuelvan el tiempo que pasó. Quiero de vuelta los papeles que flotaron en el agua hasta hundirse, su tinta lavada por lágrimas de dolor o de alegría, quiero el pasado y el presente fluyendo en los pliegos, quiero el testimonio de distancias tremendas dulcificadas por las letras y los rastros de los que ya no están. Quiero ese azul que dibujó mi historia, el negro de los duelos clamando en el blanco, y lo inmaculado de aquella alma que tuve y hoy yace sin nadie que le escriba poesías.
Cuarenta años de andar corrigiendo, doblegando, retrayendo la vida, el amor, el tiempo y las heridas. Cuarenta años de muerta de amor que borronea, subraya, tacha y vuelve a escribir para dejar testimonio de algo tan profundo como la hondura del tiempo, que pasa riguroso y brutal sobre la juventud idealista, robando ilusiones, matando esperanzas. Y la llaga que no se cura ni con millones de páginas escritas o cientos de libros editados. 
Llega la hora de irse, caminar despacio y sin apuro, sin destino obligado ni horario establecido. Marchar con un soliloquio en el pensamiento, zumbido perenne que se dispersa a cada rato, que salta como géiser desde la profundidad a la superficie, para volver a los fondos de la conciencia y luego reavivarse, erupcionar una y mil veces, azotando mi mente, hasta quebrarla.
C. Stoppello

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